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Textos del siglo XVI: Lazarillo de Tormes

LA LITERATURA DEL SIGLO XVI A TRAV√ČS DE SUS TEXTOS (2)

JMIM

La vida de Lazarillo de Tormes, y de sus fortunas y adversidades

  

   Publicada por primera vez en 1554, sin nombre de autor, El Lazarillo es una novela picaresca escrita en forma de carta y estructurada en un pr√≥logo y siete cap√≠tulos o tratados.

Prólogo


   Yo por bien tengo que cosas tan se√Īaladas y por ventura nunca o√≠das ni vistas vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido...

   [Yo creo que es bueno que cosas tan comentadas, y quiz√° nunca o√≠das ni vistas, sean conocidas por muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podr√≠a ser que alguno que las lea encuentre algo que le agrade...]. VERSI√ďN MODERNIZADA DE CL√ĀSICOS A MEDIDA.

  

   As√≠ comienza la carta que L√°zaro de Tormes escribe a vuestra merced, una persona cuyo nombre y oficio no se dicen, aunque intuimos que se trata de un alto representante de la sociedad toledana. Este V. M. ha pedido explicaciones a L√°zaro sobre las habladur√≠as que circulan por Toledo acerca de su situaci√≥n matrimonial. L√°zaro considera que para que V. M. se haga una idea exacta de la situaci√≥n, debe responderle con una extensa carta en la que le cuente toda su vida:

   Y pues vuestra merced pide que le escriba y relate el caso con todo detalle, me pareci√≥ mejor empezar desde el principio, para que se tenga completa noticia de mi persona; y tambi√©n para que consideren los que heredaron t√≠tulos de nobleza qu√© poco se les debe, pues la diosa Fortuna se mostr√≥ favorable con ellos, y cu√°nto mayor es el m√©rito de los que, si√©ndoles contraria la suerte, remando con fuerza y ma√Īa, llegaron a buen puerto.

    El "caso" -y las "cosas tan comentadas"- que vuestra merced desea averiguar es la existencia o no de relaciones ad√ļlteras entre la mujer de L√°zaro y el Arcipreste de San Salvador, para quien L√°zaro trabaja. Esto no lo sabremos hasta el tratado s√©ptimo (tampoco si L√°zaro ha llegado "a buen puerto"), por lo que las palabras del pr√≥logo se entender√°n mucho mejor despu√©s de haber le√≠do los siete tratados.

 

Tratado primero

Cuenta Lázaro su vida y quiénes fueron sus padres

 

   Pues sepa vuestra merced, ante todo, que a m√≠ me llaman L√°zaro de Tormes, hijo de Tom√© Gonz√°lez y de Antona P√©rez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del r√≠o Tormes, raz√≥n por la cual tom√© el sobrenombre, y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, ten√≠a el cargo de atender una ace√Īa que est√° a la orilla de aquel r√≠o, en la cual fue molinero m√°s de quince a√Īos; y, estando mi madre una noche en la ace√Īa, pre√Īada de m√≠, se le present√≥ el parto y all√≠ me pari√≥; de manera que en verdad me puedo considerar nacido en el r√≠o.

   Siendo yo un ni√Īo de ocho a√Īos, acusaron a mi padre de hacer cortes en los sacos de los que all√≠ ven√≠an a moler, por lo cual fue llevado preso, y confes√≥ y no neg√≥, y padeci√≥ persecuci√≥n por la justicia. Espero que Dios lo tenga en la gloria, pues el Evangelio llama bienaventurados a los perseguidos.

   En este tiempo se organiz√≥ una expedici√≥n naval para luchar contra los moros, y en ella fue mi padre, que por entonces estaba desterrado a causa del desastre ya dicho, con el oficio de cuidar las mulas de un caballero que all√° fue, y con su se√Īor, como criado fiel, acab√≥ su vida.

   Mi viuda madre, al verse sin marido y sin protecci√≥n, decidi√≥ arrimarse a los buenos para ser uno de ellos, y se vino a vivir a la ciudad y alquil√≥ una casilla, y se meti√≥ a guisar para unos estudiantes, y lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la Magdalena, de manera que fue frecuentando las caballerizas. En ellas conoci√≥ a un hombre moreno de los que cuidaban las bestias. Este algunas veces se ven√≠a a nuestra casa y se iba por la ma√Īana. Otras veces, llegaba a la puerta de d√≠a y, con la excusa de comprar huevos, entraba en casa. Yo, al principio de su entrada, sent√≠a miedo de √©l, viendo el color y el feo rostro que ten√≠a; mas desde que vi que su venida mejoraba el comer, le fui queriendo m√°s, porque siempre tra√≠a pan, pedazos de carne y en el invierno le√Īos, con los que nos calent√°bamos.

   As√≠ que, visitando la casa de noche y de d√≠a, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, con el cual yo jugaba y ayudaba a cuidar. [...]

   Quiso nuestra mala fortuna que llegara a o√≠dos del mayordomo la relaci√≥n entre mi madre y el Zaide, que as√≠ se llamaba mi padrastro, y, hecha la investigaci√≥n, se descubri√≥ que hurtaba la mitad de la mitad de la cebada que le daban para las bestias, y simulaba que se hab√≠an perdido cepillos, pa√Īos, le√Īa, pienso, y hasta las mantas y s√°banas de los caballos; y cuando no ten√≠a otra cosa, quitaba las herraduras a los animales, y con todo esto ayudaba a mi madre a criar a mi hermanico. [...]

   Al triste de mi padrastro lo azotaron y le echaron grasa caliente sobre las heridas, y a mi madre pusieron por pena, adem√°s de los acostumbrados cien azotes, que no entrase en la casa del mencionado comendador ni acogiese en la suya al lastimado Zaide.

   Por no echarlo todo a perder, mi pobre madre sac√≥ fuerzas de flaqueza y cumpli√≥ la sentencia. Y, por evitar m√°s peligros y quitarse de las malas lenguas, se fue a servir a los que por entonces viv√≠an en el mes√≥n de la Solana; y all√≠, padeciendo mil incomodidades, se acab√≥ de criar mi hermanico hasta que supo andar, y yo hasta que fui buen mozuelo, que les iba por vino y por velas para los hu√©spedes y por todo lo que me mandaban.

   En este tiempo vino al mes√≥n un ciego, el cual, pareci√©ndole que yo servir√≠a para guiarle, me pidi√≥ a mi madre, y ella me entreg√≥ a √©l, dici√©ndole que yo era hijo de un buen hombre, el cual, por defender la fe, hab√≠a muerto en la batalla de los Gelves, y que ella confiaba en Dios que yo no saldr√≠a peor hombre que mi padre, y que le rogaba que me tratase bien y mirase por m√≠, pues era hu√©rfano. √Čl respondi√≥ que as√≠ lo har√≠a y que me recib√≠a, no por mozo, sino por hijo. Y as√≠ comenc√© a servir y a guiar a mi nuevo y viejo amo.

 

   El narrador protagonista tiene veintitantos a√Īos cuando escribe su vida, que empieza con su nacimiento a orillas del Tormes, de donde recibe su apodo, como si fuera uno de esos h√©roes de las novelas de caballer√≠as tan le√≠das en el siglo XVI: Amad√≠s de Gaula, Palmer√≠n de Inglaterra, Belian√≠s de Grecia, etc. Como se puede apreciar, los or√≠genes de L√°zaro no pueden ser m√°s desalentadores para su futura educaci√≥n e inserci√≥n en la sociedad: hijo de padre ladr√≥n, con un padrastro ladr√≥n y una madre dispuesta a "arrimarse a los buenos", entendido esto no en un sentido moral, sino material. En esos ambientes de la ace√Īa, las caballerizas y el mes√≥n de la Solana) se cr√≠a el ni√Īo L√°zaro hasta que su madre lo pone a servir a un ciego. Tendr√≠a no m√°s de doce a√Īos.

 

   Como estuvimos en Salamanca algunos d√≠as y las ganancias no eran del gusto de mi amo, decidi√≥ irse de all√≠; y cuando lleg√≥ la hora de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendici√≥n y dijo:

   -Hijo, ya s√© que no te ver√© m√°s. Procura ser bueno, y que Dios te gu√≠e. Te he criado y con buen amo te he puesto; v√°lete por ti mismo.

   Y as√≠ me fui para mi amo, que me estaba esperando.

   Salimos de Salamanca, y, llegando al puente, hay a su entrada un animal de piedra, que tiene forma de toro, y el ciego me mand√≥ que me acercase al animal, y, puesto junto a √©l, me dijo:

   -L√°zaro, acerca el o√≠do a este toro y oir√°s gran ruido dentro de √©l.

   Yo, inocentemente, me acerqu√©, creyendo que era verdad. Y apenas sinti√≥ que ten√≠a la cabeza junto a la piedra, asinti√≥ firmemente su mano sobre ella y me dio un gran golpe en ese toro del diablo, que m√°s de tres d√≠as me dur√≥ el dolor de la cornada, y me dijo:

   -Necio, aprende, que el mozo del ciego ha de saber una pizca m√°s que el diablo.

   Y rio mucho la burla.

   Me pareci√≥ que en aquel instante despert√© de la simpleza en que, como ni√Īo, estaba dormido, y me dije: "Verdad dice este, que me conviene tener los ojos bien abiertos y estar sobre aviso, pues estoy solo, y debo aprender a valerme por m√≠ mismo".

   Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos d√≠as me ense√Ī√≥ jerigonza; y como me ve√≠a con bastante ingenio, se alegraba mucho y me dec√≠a:

   -Yo ni oro ni plata te puedo dar, pero consejos para vivir muchos te ense√Īar√©.

   Y as√≠ fue, porque, despu√©s de Dios, este me dio la vida y, siendo ciego, me alumbr√≥ y me prepar√≥ para la carrera de vivir.

  

    L√°zaro inicia la carrera de la vida con una dolorosa burla y, tras ella, un consejo: "Necio, aprende, que el mozo del ciego ha de saber una pizca m√°s que el diablo". Con esta ense√Īanza ingresa en la vida adulta y comienza a convertirse en un p√≠caro. Su ingenio se demuestra en los famosos episodios del jarro de vino, del racimo de uvas, de la longaniza y en c√≥mo se venga del avariento ciego:

  

   Visto esto y las malas burlas que el ciego hac√≠a de m√≠, decid√≠ abandonarle para siempre, y como lo tra√≠a pensado y lo deseaba, con esta √ļltima burla que me hizo no lo dud√© m√°s. Y fue as√≠: al d√≠a siguiente salimos por la villa a pedir limosna, y hab√≠a llovido mucho la noche anterior; y como durante el d√≠a tambi√©n llov√≠a, andaba rezando debajo de unos soportales que hab√≠a en aquel pueblo, donde no nos moj√°bamos; mas como se hac√≠a de noche y no dejaba de llover, me dijo el ciego:

   -L√°zaro, esta agua es muy persistente, y cuanto m√°s cierra la noche, m√°s arrecia la lluvia; refugi√©monos en la posada con tiempo.

   Para ir all√° ten√≠amos que pasar un arroyo, que con tanta agua iba grande. Yo le dije:

   -T√≠o, el arroyo va muy ancho; mas, si quer√©is, yo veo por donde lo podamos atravesar pronto sin mojarnos, porque all√≠ se estrecha mucho, y de un salto lo pasaremos con los pies secos.

   Le pareci√≥ buen consejo y dijo:

   -Listo eres, por esto te quiero mucho. Ll√©vame a ese lugar donde el arroyo se estrecha, que ahora es invierno y sabe mal el agua, y peor a√ļn llevar los pies mojados.

   Yo, que vi favorable la ocasi√≥n, le saqu√© de debajo de los soportales y lo llev√© derecho a un pilar o poste de piedra que hab√≠a en la plaza, sobre el cual y sobre otros descansaban los saledizos de aquellas casas, y le dije:

   -T√≠o, este es el paso m√°s estrecho que hay en el arroyo.

   Como llov√≠a fuerte y el triste se mojaba, y con la prisa que llev√°bamos por salir del agua, que sobre nosotros ca√≠a, y, lo m√°s principal, porque Dios le ceg√≥ en aquella hora el entendimiento (fue por facilitarme la venganza), se fio de m√≠ y dijo:

   -Ponme bien orientado y salta t√ļ el arroyo.

   Yo le puse bien orientado hacia el pilar, y di un salto y me puse detr√°s del poste, como quien espera el golpe de un toro, y le dije:

   -¬°Vamos! Saltad todo lo que pod√°is, para que alcanc√©is este lado del agua.

   Apenas lo hab√≠a acabado de decir, cuando el pobre ciego, dando un paso atr√°s para hacer mayor el salto, se lanz√≥ como cabr√≥n y arremeti√≥ con toda su fuerza, y dio con la cabeza en el poste, que son√≥ tan fuerte como si diera con una gran calabaza, y al instante cay√≥ para atr√°s medio muerto y con la cabeza abierta.

   -¬ŅC√≥mo, y olisteis la longaniza y no el poste? ¬°Oled, oled! ‚Äďle dije yo.

   Y le dej√© en poder de mucha gente que hab√≠a ido a socorrerlo, y en un trote alcanc√© la puerta de la villa, y antes que la noche viniese di conmigo en Torrijos. No supe m√°s lo que Dios hizo de √©l ni me preocup√© de saberlo.

    L√°zaro ha aprendido la lecci√≥n de que el mozo de un ciego ha de saber m√°s que el diablo y procede a la venganza contra su amo con un golpe parecido al que √©l recibi√≥ en el toro de piedra de Salamanca. Episodios como estos del burlador burlado eran muy conocidos en la tradici√≥n folcl√≥rica.


Tratado segundo

Cómo Lázaro sirvió a un clérigo, y de las cosas que pasó con él

 

   Al d√≠a siguiente, pareci√©ndome que all√≠ no estaba seguro, me fui a un lugar que llaman Maqueda, adonde mis pecados me hicieron topar con un cl√©rigo que, al pedirle limosna, me pregunt√≥ si sab√≠a ayudar a misa. Yo le dije que s√≠, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me ense√Ī√≥ el pecador del ciego, y una de ellas fue esta. En fin, el cl√©rigo me admiti√≥ a su servicio.

   Escap√© del trueno y di en el rel√°mpago, porque el ciego era, comparado con este, un Alejandro Magno, aun siendo la misma avaricia, como he contado. No digo m√°s, sino que toda la miseria del mundo estaba encerrada en √©l: no s√© si era m√≠sero por naturaleza o la hab√≠a adquirido con el h√°bito.

   Este cl√©rigo ten√≠a un arca vieja y cerrada con su llave, la cual llevaba atada a la capa con una cinta. Y, en cuanto regalaban un pan para la iglesia, al momento lo lanzaba all√≠ dentro y volv√≠a a cerrar el arca.

   Y no hab√≠a ninguna cosa para comer en toda la casa, a diferencia de otras que tienen colgado de la campana de la chimenea alg√ļn tocino para ahumar, alg√ļn queso puesto en una tabla o, dentro del armario, alg√ļn canastillo con algunos pedazos de pan de los que sobran de la mesa; que me parece a m√≠ que, aunque no hubiera podido comer nada de eso, al menos me habr√≠a consolado con verlos.

   Solamente hab√≠a, y bajo llave, en un cuarto de la parte alta de la casa, una ristra de cebollas. De estas ten√≠a yo como raci√≥n una para cada cuatro d√≠as, y, si alguien estaba presente cuando le ped√≠a la llave para ir por ella, echaba mano al bolsillo y con gran complacencia la desataba y me la daba, diciendo:

   -Toma y devu√©lvemela pronto y no hag√°is otra cosa que escoger la golosina.

   Como si en ella estuvieran todos los dulces de Valencia, cuando no hab√≠a en este cuarto, como dije, maldita otra cosa que las cebollas colgadas de un clavo, las cuales √©l ten√≠a tan bien contadas, que, si por mis malos pecados me hubiera pasado de lo que me correspond√≠a, me habr√≠a costado caro. En fin, yo me mor√≠a de hambre.

   Y aunque conmigo ten√≠a poca caridad, con √©l s√≠ era mucho m√°s caritativo. Cinco blancas de carne gastaba a diario para comer y cenar. La verdad es que del cocido compart√≠a conmigo un poco de pan, ¬°y ya habr√≠a querido yo que fuese al menos la mitad!, porque de la carne, ¬°en blanco me quedaba!

 

   Este tratado segundo gira en torno a las piller√≠as de L√°zaro para abrir el arca y conseguir la comida que el cl√©rigo de Maqueda le niega. Pero lo importante no es el hambre de L√°zaro, sino la cr√≠tica del an√≥nimo autor contra la Iglesia, en este caso contra los cl√©rigos que pregonan la virtud de la caridad y caen en el pecado de la avaricia. El anticlericalismo del Lazarillo, que se observar√° tambi√©n en los tratados siguientes, es el motivo principal de que sigamos sin saber qui√©n escribi√≥ este libro.


Tratado tercero

Cómo Lázaro sirvió a un escudero, y de lo que le sucedió con él

 

   De esta manera me vi obligado a sacar fuerzas de flaqueza, y poco a poco, con la ayuda de las buenas gentes, acab√© en esta famosa ciudad de Toledo, donde, con la gracia de Dios, en quince d√≠as se me cerr√≥ la herida. Y mientras estaba malo siempre me daban alguna limosna; mas cuando estuve sano, todos me dec√≠an:

   -T√ļ eres un bellaco y un holgaz√°n. Busca, busca un amo a quien servir.

   "¬ŅY d√≥nde voy a encontrar un amo ‚Äďpensaba yo-, a no ser que Dios, igual que cre√≥ el mundo, lo creara en este instante?".

   Pensando esto mientras iba de puerta en puerta y no hallaba quien me socorriera, porque en esta tierra ya no hay caridad, hizo Dios que me topara con un escudero que iba por la calle bien vestido, bien peinado y con paso elegante. √Čl me mir√≥, y yo lo mir√© a √©l, y me dijo:

   -Muchacho, ¬Ņbuscas amo?

   Yo le dije:

   -S√≠, se√Īor.

   -Pues s√≠gueme ‚Äďme respondi√≥-, que Dios te ha concedido la gracia de topar conmigo; seguro que hoy has rezado alguna piadosa oraci√≥n.

   Y le segu√≠, d√°ndole gracias a Dios por lo que le hab√≠a o√≠do decir, y tambi√©n porque me parec√≠a que este era el amo que yo necesitaba, seg√ļn deduc√≠a de su ropa y de su figura. [...]

 

   L√°zaro acaba su relaci√≥n con el cl√©rigo de mala manera, despedido y descalabrado. Se dirige a Toledo y all√≠ se topa con un escudero que le ofrece trabajo de criado. Los escuderos pertenec√≠an a la nobleza (a su escala m√°s baja) y disfrutaban de ciertos privilegios. Como en el siglo XVI no hab√≠a ya caballeros a los que llevarles el escudo, sol√≠an trabajar como servidores de los grandes se√Īores. Toledo, Madrid y Sevilla ‚Äďque eran las ciudades m√°s pobladas de Espa√Īa‚Äď estaban llenas de hidalgos arruinados, cl√©rigos, p√≠caros, soldados y mendigos.

 

   En ese momento dio el reloj la una del mediod√≠a, y llegamos a una casa, ante la cual se par√≥ mi amo, y yo con √©l, y, echando el extremo de la capa sobre el hombro izquierdo, sac√≥ una llave de la manga, abri√≥ su puerta y entramos en la casa. La entrada era tan oscura y tan l√≥brega, que asustaba a todos los que entraban, aunque dentro de la casa hab√≠a un patio peque√Īo y buenas habitaciones.

   En cuanto entramos, se quit√≥ la capa, y, pregunt√°ndome si ten√≠a las manos limpias, la sacudimos y la doblamos, y soplando hasta dejar muy limpio un poyo que all√≠ hab√≠a, puso la capa en √©l. Y hecho esto, se sent√≥ junto a ella y me pregunt√≥ detalladamente de d√≥nde era y c√≥mo hab√≠a llegado a aquella ciudad. Y yo le di m√°s explicaciones de lo que hubiera querido, porque me parec√≠a que era hora conveniente de mandarme poner la mesa y servir la olla, y no de hacerme preguntas. A pesar de eso, yo le habl√© de m√≠ con las mejores mentiras que supe, inventando mis bienes y callando lo dem√°s, porque me parec√≠a que no era el momento apropiado.

   Cuando acab√≥ de preguntarme, estuvo un rato en silencio, y yo pronto vi que era mala se√Īal, porque eran ya casi las dos y le ve√≠a tantas ganas de comer como a un muerto. Y adem√°s de esto, observaba que mi amo hab√≠a cerrado la puerta con llave, y que ni arriba ni abajo se sent√≠an pasos de persona viva en la casa. Todo lo que yo hab√≠a visto eran paredes, pero ninguna silla, ni banco, ni mesa, ni tampoco un arca como la del cl√©rigo. En fin, la casa parec√≠a que estaba embrujada. Estando as√≠, me dijo mi amo:

   -T√ļ, mozo, ¬Ņhas comido?

   -No, se√Īor ‚Äďdije yo-, que a√ļn no hab√≠an dado las ocho cuando me encontr√© con vuestra merced.

   -Pues, aunque era temprano, yo hab√≠a almorzado, as√≠ que te hago saber que, cuando como algo por la ma√Īana, no vuelvo a comer hasta la noche. Por eso, pasa t√ļ el d√≠a como puedas, que despu√©s cenaremos.

   Crea vuestra merced que, cuando le o√≠ decir esto, poco me falt√≥ para desmayarme, no tanto de hambre como por comprender que la fortuna me era completamente adversa. All√≠ regresaron mis penas y volv√≠ a llorar mis desgracias. All√≠ se me vino a la memoria el razonamiento que yo hac√≠a cuando pensaba abandonar al cl√©rigo, diciendo que, aunque aquel era desventurado y m√≠sero, quiz√°s topar√≠a con otro peor. En fin, all√≠ llor√© mi desdichada vida pasada y mi cercana muerte venidera. Y a pesar de todo, disimulando lo mejor que pude, le dije:

   -Se√Īor, mozo soy, y no me obsesiono mucho por comer, bendito sea Dios. De tener la mejor garganta puedo yo presumir entre los mozos, y por ella me han alabado los amos que he tenido hasta hoy.

   -Virtud es esa ‚Äďdijo √©l-, y por eso te querr√© yo m√°s; porque hartarse es propio de los puercos y comer moderadamente lo es de los hombres de bien.

   "¬°Bien te he entendido!" ‚Äďdije yo para m√≠-. ¬°Maldita sea tanta medicina y tanta virtud como hallan en pasar hambre los amos que yo hallo!".

   Me puse a un lado del portal y saqu√© del pecho unos pedazos de pan que me hab√≠an quedado de cuando ped√≠a limosna. √Čl, al verlo, me dijo:

   -Ven ac√°, mozo. ¬ŅQu√© comes?

   Yo me acerqu√© hasta √©l y le ense√Ī√© el pan. De los tres pedazos que ten√≠a, me cogi√≥ uno, el mejor y m√°s grande, y me dijo:

   -Por mi vida, que este parece buen pan.

   -¬°Pues claro, se√Īor, que es bueno! -dije yo.

   -S√≠ que lo es ‚Äďdijo √©l-. ¬ŅAd√≥nde lo conseguiste? ¬ŅHabr√° sido amasado por manos limpias?

   -No lo s√© ‚Äďle dije-, pero a m√≠ no me da asco su sabor.

   -Quiera Dios que as√≠ sea ‚Äďdijo el pobre de mi amo.

   Y llev√°ndoselo a la boca, comenz√≥ a darle tan fieros bocados como yo daba a los otros.

   -¬°Por Dios, qu√© sabros√≠simo est√° este pan! -dijo.

   Y como not√© de qu√© pie cojeaba, me di prisa, porque le vi en disposici√≥n, si acababa antes que yo, de querer ayudarme con el pan que me quedase. Y de esta manera acabamos casi al mismo tiempo. Y mi amo comenz√≥ a sacudirse con las manos unas cuantas migajas, y bien menudas, que se le hab√≠an quedado en el pecho, y entr√≥ en un peque√Īo aposento y sac√≥ un jarro viejo y sin boca, y despu√©s de beber me convid√≥ a m√≠. Yo, por fingir moderaci√≥n en el beber, le dije:

   -Se√Īor, no bebo vino.

   -Agua es ‚Äďme respondi√≥-, bien puedes beber.

   Entonces tom√© el jarro y beb√≠. No mucho, porque de sed no era mi amargura.

 

   Este tratado se organiza en funci√≥n de un chiste bien conocido en la tradici√≥n folcl√≥rica: el de la casa l√≥brega y oscura, interpretada con un doble sentido, el sentido real de la casa sin luz del escudero y el sentido metaf√≥rico de la triste casa de los muertos, "la casa l√≥brega y oscura donde nunca comen ni beben", que culmina con el espanto de L√°zaro al encontrarse en la calle con un entierro y creer que para su casa llevan al muerto.

   Pero la importancia de este tratado est√° en la cr√≠tica del an√≥nimo autor a otro pilar ‚Äďjunto con la Iglesia‚Äď de la Espa√Īa del Siglo de Oro: la honra entendida como apariencia, como opini√≥n de los dem√°s. El escudero va a misa para que lo vean, lleva un criado para presumir de hidalgu√≠a, no trabaja para defender su puesto en la escala social y, aunque sea un muerto de hambre, solo come pan si este ha sido amasado por "manos limpias", es decir, por las manos de un cristiano viejo. La insistencia del escudero por la limpieza ha de entenderse como una alusi√≥n ir√≥nica del autor a la obsesi√≥n de los nobles espa√Īoles por la limpieza de sangre, es decir, por jactarse de no tener entre sus antepasados gente musulmana ni jud√≠a.


Tratado cuarto

Cómo Lázaro sirvió a un fraile de la Merced, y de lo que le sucedió con él

 

   Tuve que buscar el cuarto amo, y este fue un fraile de la Merced, hacia el que me dirigieron las mujercillas que he dicho, y al que ellas llamaban pariente. Gran enemigo del rezo y de comer en el convento, aficionado a andar fuera de sus paredes, era tan amigo de los asuntos mundanos y de hacer visitas, que pienso que √©l romp√≠a m√°s zapatos que todo el convento. Este amo me dio los primeros que romp√≠ en mi vida; mas no me duraron ocho d√≠as, ni yo pude resistir m√°s sus andanzas. Y por esto y por otras cosillas que no digo, no quise seguir con √©l.

 

   Este es el tratado m√°s corto del Lazarillo, pero algo tendr√° cuando fue prohibido por la Inquisici√≥n. Y es que este fraile de la Merced peca tan a menudo contra la castidad que L√°zaro no es capaz de seguir el ritmo del lujurioso fraile. Por si fuera poco, las "cosillas que no digo" parecen sugerir inconfesables experiencias er√≥ticas.

   El hecho de que los tratados o cap√≠tulos sean tan desiguales nos lleva a pensar en la posibilidad de que fuera el editor (y no el autor) quien as√≠ organiz√≥ el libro.

 

Tratado quinto

Cómo Lázaro sirvió a un buldero, y de las cosas que pasó con él

 

   Por fortuna para m√≠ encontr√© a un quinto amo, que fue un buldero, el m√°s desenvuelto y desvergonzado y el mayor vendedor de bulas que jam√°s yo he visto ni espero ver, ni pienso que nadie ha visto, porque conoc√≠a e inventaba muchas e ingeniosas maneras de enga√Īar.

   Al entrar en los pueblos donde iba a predicar la bula, primero regalaba a los cl√©rigos o curas algunas cosillas, de no mucho valor ni sustancia: una lechuga murciana, si era la √©poca, un par de limas o naranjas, un melocot√≥n, un par de duraznos, o una pera verde para cada uno. As√≠ procuraba tenerlos contentos, para que favoreciesen su trabajo y convocasen a sus feligreses para comprar la bula. Cuando los cl√©rigos le daban las gracias, se enteraba de los conocimientos que ten√≠an. Si le dec√≠an que entend√≠an lat√≠n, mi amo no hablaba palabra en esta lengua por no dar tropez√≥n, mas se aprovechaba de su elegante y perfecto castellano y de tener una lengua tan desenvuelta. Y si advert√≠a que los mencionados cl√©rigos eran de los reverendos, quiero decir de los que se ordenan gracias a su dinero y a las reverendas, y no a su saber, se mostraba ante ellos como un santo Tom√°s y hablaba dos horas en lat√≠n ‚Äďo al menos en algo que parec√≠a lat√≠n, aunque no lo era.

   Cuando por las buenas no le compraban las bulas, buscaba c√≥mo se las comprasen por las malas, y para ello hac√≠a cosas que fastidiaban al pueblo, y otras veces se val√≠a de ingeniosos trucos. Y porque ser√≠a largo de contar todos los trucos que le ve√≠a hacer, contar√© uno muy sutil y gracioso, con el cual probar√© bien su maestr√≠a. [...]

 

   Los bulderos o buleros eran cl√©rigos que vend√≠an bulas, es decir, indulgencias que el Papa conced√≠a a cambio de dinero. En el tiempo del Lazarillo (la Espa√Īa del emperador Carlos V), las bulas eran impuestos que los bulderos recaudaban a cambio de quedarse con un porcentaje de la venta. De palabra f√°cil, no les era dif√≠cil enga√Īar a un p√ļblico mayoritariamente analfabeto.

   De nuevo observamos el anticlericalismo de la obra, en este caso con la cr√≠tica a un cl√©rigo estafador. L√°zaro est√° con este quinto amo cerca de cuatro meses y con √©l culmina su aprendizaje en el enga√Īo y la hipocres√≠a.

 

Tratado sexto

Cómo Lázaro sirvió a un capellán, y lo que pasó con él

 

   Despu√©s de esto, serv√≠ a un maestro de pintar panderos, para prepararle los colores, y tambi√©n sufr√≠ mil calamidades.

   Siendo ya en esta √©poca buen mozuelo, entrando un d√≠a en la catedral, uno de sus capellanes me admiti√≥ a su servicio; y puso a mi cargo un asno y cuatro c√°ntaros y un l√°tigo, y comenc√© a vender agua por la ciudad. Este fue el primer escal√≥n que yo sub√≠ para llegar a alcanzar una buena vida, porque viv√≠a a pedir de boca. De lo que ganaba, daba cada d√≠a a mi amo treinta maraved√≠s, y todo lo que pasaba de los treinta, entre semana, era para m√≠, y tambi√©n lo que ganaba los s√°bados.

   Tan bien me fue en el oficio, que al cabo de cuatro a√Īos que lo tuve, administrando bien la ganancia, ahorr√© para vestirme muy honradamente con ropa usada, y me compr√© un viejo jub√≥n de algod√≥n y un sayo gastado de manga trenzada y abierta, y una capa que hab√≠a tenido el pelillo levantado y rizado, y una espada antigua de las primeras que se forjaron en Cu√©llar. Cuando me vi vestido como los hombres de bien, dije a mi amo que se quedase con su asno, que no quer√≠a seguir m√°s tiempo en aquel oficio.

 

   L√°zaro parece tener prisa por acabar la carta y no se detiene en contar las calamidades que sufri√≥ con ese maestro de pintar panderos, palabra que -en sentido recto- significa pandereta, pero en sentido figurado adquiere connotaciones sexuales y dar√≠a a entender que L√°zaro le sirve de alcahuete.

   Y siendo buen mozuelo, entra al servicio de un capell√°n de la Catedral de Toledo que se dedica al negocio de la venta de agua por la ciudad. L√°zaro trabaja, pues, como aguador, que era uno de los oficios peor pagados. No deja de ser ir√≥nico que L√°zaro diga que fue el primer escal√≥n que subi√≥ para alcanzar buena vida, porque viv√≠a a pedir de boca. En efecto, L√°zaro va subido en un asno y pregonando la venta de agua. Cuatro a√Īos m√°s tarde no es un "hombre de bien", pero aparenta serlo por su forma de vestir.


Tratado séptimo

Cómo Lázaro sirvió a un alguacil, y de lo que le sucedió con él

 

   Me desped√≠ del capell√°n y entr√© al servicio de un alguacil, como ayudante de justicia; mas muy poco viv√≠ con √©l, por parecerme el oficio muy peligroso: sobre todo, porque una noche a m√≠ y a mi amo nos corrieron a pedradas y a palos unos delincuentes que se refugiaron en una iglesia; y a mi amo, que los esper√≥, lo maltrataron, mas a m√≠ no me alcanzaron. As√≠ que dej√© el oficio.

   Y pensando en qu√© trabajar de modo definitivo, para descansar y ganar algo para la vejez, quiso Dios iluminarme y ponerme en el buen camino. Y con el favor que tuve de amigos y se√Īores, todos los trabajos y fatigas que hab√≠a pasado hasta entonces fueron recompensados con conseguir lo que busqu√©, que fue un oficio real, viendo que no hay nadie que prospere, sino los que tienen uno. Y de este oficio vivo en el d√≠a de hoy y quedo al servicio de Dios y de vuestra merced. Y es que soy el encargado de pregonar los vinos que se venden en esta ciudad, y los bienes que se subastan p√ļblicamente, y las cosas perdidas, y tambi√©n de acompa√Īar a los que padecen persecuci√≥n por la justicia y de vocear sus delitos; es decir, soy pregonero, hablando en buen castellano.

   Me ha ido tan bien, yo lo he hecho tan h√°bilmente, que casi todas las cosas tocantes a este oficio pasan por mi mano; tanto, que en toda la ciudad, el que quiere vender vino, u otra cosa, se hace a la idea de no sacar provecho si L√°zaro de Tormes no interviene.

   En esta √©poca, viendo mi habilidad y buen vivir, teniendo noticia de mi persona ‚Äďporque le pregonaba sus vinos- el se√Īor arcipreste de San Salvador, mi se√Īor, y servidor y amigo de vuestra merced, procur√≥ casarme con una criada suya. Y comprendiendo yo que de tal persona no me pod√≠a venir sino bien y favor, decid√≠ hacerlo.

   Y as√≠, me cas√© con ella, y hasta ahora no estoy arrepentido, porque, adem√°s de ser buena hija y diligente criada, recibo de mi se√Īor el arcipreste toda clase de favor y ayuda. Y todos los a√Īos le da, repartida en varias veces, una buena cantidad de trigo; por las Pascuas, su carne; y en la √©poca de la ofrenda de panes, las calzas viejas que deja. Y nos hizo alquilar una casita al lado de la suya; los domingos y casi todos los d√≠as de fiesta com√≠amos en su casa.

   Mas malas lenguas, que nunca faltaron ni faltar√°n, no nos dejan vivir, diciendo no s√© qu√© y s√≠ s√© qu√© de que ven a mi mujer ir a hacerle la cama y guisarle la comida. ¬°Que Dios les ayude mejor a conocer la verdad! Porque, adem√°s de no ser mujer que guste de estas burlas, mi se√Īor me ha prometido lo que pienso que cumplir√°. Que √©l me habl√≥ un d√≠a largamente delante de ella y me dijo:

   -L√°zaro de Tormes, el que se fija en lo que dicen las malas lenguas nunca prosperar√°; digo esto porque no me extra√Īar√≠a que oyeras alg√ļn rumor sobre si tu mujer entra en mi casa y sale de ella. Ella entra con mucho respeto para tu honra y la suya, y esto te lo aseguro. Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca: digo a tu provecho.

   -Se√Īor ‚Äďle dije-, yo decid√≠ arrimarme a los buenos. Es verdad que algunos de mis amigos me han dicho algo de eso, incluso me han asegurado m√°s de tres veces que antes de casarse conmigo ella hab√≠a parido tres veces, hablando con respeto de vuestra merced, porque est√° ella delante.

   Entonces mi mujer comenz√≥ a echarse tantas maldiciones, que yo pens√© que la casa se hund√≠a con nosotros; y despu√©s se puso a llorar y a maldecir a quien la hab√≠a casado conmigo: de tal manera que yo habr√≠a querido estar muerto antes de que se me hubiera escapado aquella palabra de la boca. Mas yo de un lado y mi se√Īor de otro tantas cosas le dijimos y le concedimos, que dej√≥ de llorar, jur√°ndole que nunca m√°s en mi vida le mentar√≠a nada de aquello, y que me alegraba y me parec√≠a bien que ella entrase y saliese, de noche y de d√≠a, pues estaba muy seguro de su honradez. Y as√≠ quedamos los tres muy conformes.

   Hasta el d√≠a de hoy nunca nadie nos ha o√≠do hablar sobre el caso; al contrario, cuando noto que alguno quiere decirme algo de ella, le corto y le digo:

   -Mirad, si sois mi amigo, no me dig√°is nada que me disguste, que no tengo por amigo al que me hace sufrir. Sobre todo, si me quieren indisponer con mi mujer, que es la cosa del mundo que yo m√°s quiero, y la amo m√°s que a m√≠ mismo, y Dios me premia con ella mil veces y me concede un bien mayor al que merezco. Que yo jurar√© sobre la hostia consagrada que es tan buena mujer como las que viven dentro de las puertas de Toledo. Y quien me diga otra cosa, yo me matar√© con √©l.

   De esta manera no me dicen nada, y yo tengo mi casa en paz.

   Esto pas√≥ el mismo a√Īo que nuestro victorioso Emperador entr√≥ en esta famosa ciudad de Toledo, y celebr√≥ Cortes en ella, y se hicieron muchas fiestas, como vuestra merced habr√° o√≠do. En el d√≠a de hoy vivo bien y estoy en la cumbre de toda buena fortuna.

 

   Hemos llegado al final, al tiempo de la escritura de la carta y del pr√≥logo. L√°zaro ha conseguido (por enchufe, dir√≠amos hoy) un oficio real, es decir, un empleo p√ļblico y presume ante V. M. de ser h√°bil pregonero de vinos, subastas y delitos. Por esa habilidad comercial de L√°zaro, su se√Īor, el arcipreste de San Salvador, lo ha casado con una criada suya (del arcipreste), en una boda que L√°zaro reconoce como conveniente y provechosa para √©l. Bien sab√≠an los lectores de la √©poca que los cl√©rigos sol√≠an casar a sus mancebas con criados suyos para acallar rumores. As√≠ que L√°zaro ha puesto en pr√°ctica el mismo principio moral de su madre: arrimarse a los buenos por ser uno de ellos. L√°zaro es otro hip√≥crita m√°s de la sociedad del siglo XVI que, como sus amos le han ense√Īado, vive en la apariencia de la honra. Aunque √©l no reconozca el caso de adulterio, los lectores no tenemos la m√°s m√≠nima duda.


Apuntes sobre el Lazarillo


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