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Textos del siglo XV: La Celestina

 

LA LITERATURA DEL SIGLO XV A TRAV√ČS DE SUS TEXTOS (2)

JMIM

LA CELESTINA

Presentación de Francisco Rico

TRAGICOMEDIA DE CALISTO Y MELIBEA

nuevamente a√Īadido lo que hasta aqu√≠ faltaba de poner en el proceso de sus amores, la cual contiene, dem√°s de su agradable y dulce estilo, muchas sentencias filosofales y avisos muy necesarios para mancebos, mostr√°ndoles los enga√Īos que est√°n encerrados en sirvientes y alcahuetas.

   celestina picassoEste es el texto que abre La Celestina, con ligeras variantes seg√ļn las ediciones, y que nos lleva a la primera cuesti√≥n para el an√°lisis de la obra: su t√≠tulo. Fernando de Rojas public√≥ dos versiones: la primera, a finales del siglo XV, se titula Comedia de Calisto y Melibea, y ten√≠a 16 actos; la segunda, a principios del siglo XVI, llevaba por t√≠tulo Tragicomedia de Calisto y Melibea, y conten√≠a 21 actos. Rojas a√Īadi√≥ cinco m√°s, situados entre los actos XIV y XIX, para alargar el proceso amoroso de los protagonistas. El t√≠tulo de La Celestina (que llevan hoy todas las ediciones) no se implant√≥ en Espa√Īa hasta la segunda mitad del siglo XVI.

   Por otra parte, las l√≠neas que siguen al t√≠tulo responden al t√≥pico horaciano prodesse aut delectare ('ense√Īar y agradar al mismo tiempo'), aunque no sabemos si son sinceras o han de leerse de manera ir√≥nica. Tampoco estamos seguros de que hayan sido escritas por el propio Rojas ("que aun los impresores han dado sus punturas ‚Äďconfiesa-, poniendo r√ļbricas o sumarios al principio de cada acto", es decir, interviniendo demasiado).

EL AUTOR A UN SU AMIGO

   Seguidamente encontramos una carta del autor a un amigo suyo, en la que declara haber encontrado unos papeles, sin firma. Asegura que los ley√≥ y decidi√≥ continuar la historia por parecerle muy necesaria para tantos galanes enamorados como existen en su patria.

   [...] Vi no solo ser dulce en su principal historia o ficci√≥n toda junta, sino que de algunas partes sal√≠an deleitables fontecicas de filosof√≠a, de otras [sal√≠an] agradables palabras, y de otras, avisos y consejos contra lisonjeros y malos sirvientes y falsas mujeres hechiceras. Vi que no ten√≠a la firma de su autor, el cual, seg√ļn algunos dicen, fue Juan de Mena, y seg√ļn otros, Rodrigo Cota. [...] Y, pues √©l, con temor de detractores y malas lenguas, quiso guardar y encubrir su nombre, no me culp√©is si yo no expresare el m√≠o claramente. Sobre todo, porque, siendo jurista yo, aunque esta es obra discreta, es ajena a mi facultad, y quien lo supiese dir√≠a que no la escrib√≠ por descanso de mi principal ocupaci√≥n, sino por apartarme de ella. Asimismo pensar√≠an que no me detuve en acabarla los quince d√≠as de unas vacaciones, como es la verdad, sino durante m√°s tiempo y menos agradable. Y para disculpa de todo esto, no solo a vos, sino a cuantos la leyeren, ofrezco los siguientes versos. Para que conozc√°is d√≥nde comienzan mis torpes palabras decid√≠ que todo lo del antiguo autor fuese sin divisi√≥n en un acto, hasta el segundo acto, donde dice: "Hermanos m√≠os", etc. Vale.

   Mucho se ha discutido sobre el "antiguo autor del acto I". Algunos cr√≠ticos no han cre√≠do estas palabras de Rojas y consideran que es una excusa del autor para no cargar √©l solo con la responsabilidad de una obra "tan inmoral"(?). La mayor√≠a, sin embargo, estima que no hay motivos para dudar de lo que dice Rojas. La carta al principio de una obra est√° pensada para la captatio benevolentiae (captar el inter√©s del lector) y es un t√≥pico literario m√°s.

   El libro apareci√≥ en la primera edici√≥n (Burgos, 1499) sin el nombre de su autor, pero en la edici√≥n de Toledo (1500) Rojas incluy√≥ unos versos acr√≥sticos que revelan su nombre. Son once octavas, de las que seleccionamos como muestra la s√©ptima:

Yo vi en Salamanca la obra presente;

Movime a acabarla por estas razones:

Es la primera, que estó en vacaciones,

La otra, inventarla persona prudente,

Y es la final ver ya la m√°s gente

Vuelta y mezclada en vicios de amor.

Estos amantes les pondr√°n temor

A fiar de alcahueta ni falso serviente.

 

   La lectura de la primera letra de cada verso en sentido vertical compone el siguiente texto: EL BACHJLLER FERNANDO DE ROIAS ACABO LA COMEDIA DE CALYSTO Y MELYVEA Y FVE NASCJDO EN LA PVEVLA DE MONTALVAN.

F. de RojasEn efecto, Rojas naci√≥ en La Puebla de Montalb√°n (Toledo) alrededor de 1470. En los primeros a√Īos del siglo XVI ‚Äďhabiendo obtenido ya el grado de bachiller en leyes- se traslad√≥ a Talavera de la Reina para ejercer como abogado y fue alcalde mayor de esta localidad durante algunos a√Īos. Era descendiente de jud√≠os conversos y muri√≥ en 1541.

S√ćGUESE

LA COMEDIA O TRAGICOMEDIA DE CALISTO Y MELIBEA, compuesta en reprehensi√≥n de los locos enamorados, que, vencidos en su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su dios. Asimismo hecha en aviso de los enga√Īos de las alcahuetas y malos y lisonjeros sirvientes.

ARGUMENTO

   Calisto fue de noble linaje, de claro ingenio, de gentil disposici√≥n, de linda crianza, dotado de muchas gracias, de estado mediano. Fue preso en el amor de Melibea, mujer moza, muy generosa, de alta y seren√≠sima sangre, sublimada en pr√≥spero estado, una sola heredera a su padre Pleberio, y de su madre Alisa muy amada. Por solicitud del pungido Calisto, vencido el casto prop√≥sito della, enterveniendo Celestina, mala y astuta mujer, con dos servientes del vencido Calisto, enga√Īados y por esta tornados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleite, vinieron los amantes y los que les ministraron, en amargo y desastrado fin. Para comienzo de lo cual dispuso el adversa fortuna lugar oportuno donde a la presencia de Calisto se present√≥ la deseada Melibea.

   El s√≠guese o √≠ncipit (del verbo latino incipio: 'empezar') se√Īala el comienzo de la obra, una vez acabados los textos preliminares, y le sirve a Rojas (o al "antiguo autor") para mostrar el prop√≥sito moral de La Celestina como libro destinado a corregir los comportamientos de los j√≥venes.

   El argumento general presenta a los protagonistas: Calisto (cuyo nombre procede del griego kallistos: 'hermos√≠simo'), joven gallardo, inteligente, educado..., y Melibea (Meliboia: 'la de voz melosa, dulce'), muchacha soltera (moza), de buena familia... Pero la posici√≥n social de ambos es muy diferente: √©l, de estado mediano; ella, de pr√≥spero estado. Esta desigualdad podr√≠a justificar la intervenci√≥n de Celestina (nombre derivado bien de 'celeste', bien de scelus: 'crimen, maldad'), verdadero motor de la obra.

ACTO PRIMERO

Encuentro de Calisto con Melibea

CALISTO.‚ÄĒEn esto veo, Melibea, la grandeza de Dios.

MELIBEA.‚ÄĒ¬ŅEn qu√©, Calisto?

CALISTO.‚ÄĒEn que le dio poder a la naturaleza para que de tan perfecta hermosura te dotase y en que me haya concedido, sin merecerlo, el regalo de llegar a verte y en un lugar tan apropiado para declararte mi secreto dolor.

MELIBEA.‚ÄĒ¬ŅPor gran regalo tienes verme, Calisto?

CALISTO.‚ÄĒLe doy verdaderamente tanto valor que, si Dios me concediese en el cielo un lugar superior al que ocupan los santos, no lo considerar√≠a una felicidad m√°s grande.

MELIBEA.‚ÄĒPues mayor galard√≥n te dar√© yo si sigues as√≠.

CALISTO.‚ÄĒ¬°Oh bienaventuradas orejas m√≠as, que no sois dignas de las hermosas palabras que hab√©is o√≠do!

MELIBEA.‚ÄĒPero ser√°n desventuradas cuando acabes de o√≠rme porque el pago ser√° tan fiero como merecen tu loco atrevimiento y la mala intenci√≥n de tus palabras. ¬ŅC√≥mo es posible que de la cabeza de un hombre como t√ļ haya salido tal desprop√≥sito dirigido a una mujer virtuosa como yo? ¬°Vete, vete de aqu√≠, grosero, que no puede mi paciencia tolerar que te haya entrado la idea de conversar conmigo sobre los placeres de un amor deshonesto!

CALISTO.‚ÄĒMe ir√© como se va aquel contra quien la desfavorable fortuna pone todo su empe√Īo.

La Celestina, versión adaptada por F. Alejo, Anaya, "Clásicos a medida".

   D√≥nde se encuentran Calisto y Melibea conversando es una cuesti√≥n muy discutida. Unos piensan que en la huerta de la casa de Melibea, otros defienden que a las puertas de una iglesia, y otros, que se trata de un sue√Īo de Calisto. El enamorado "a primera vista" diviniza a la amada, lo que no deja de ser un t√≥pico del amor cort√©s, pero Melibea lo rechaza al considerar que las palabras del joven no persiguen sino el loco amor.

   El despechado Calisto llega triste a su casa y confiesa su mal de amores a su criado Sempronio:

Tristeza de Calisto

CALISTO.- ¬°Sempronio, Sempronio, Sempronio! ¬ŅD√≥nde est√° este maldito? [...] Cierra la ventana y deja la tiniebla acompa√Īar al triste, y al desdichado la ceguedad. Mis pensamientos tristes no son dignos de luz. ¬°Oh bienaventurada muerte aquella que deseada a los afligidos viene! [...] Dame ac√° el la√ļd.

SEMPRONIO.- Se√Īor, vesle aqu√≠.

CALISTO.- ¬ŅCu√°l dolor puede ser tal, / que se iguale con mi mal? 1

SEMPRONIO.- Destemplado est√° ese la√ļd.

CALISTO.- ¬ŅC√≥mo templar√° el destemplado? ¬ŅC√≥mo sentir√° el armon√≠a aquel que consigo est√° tan discorde, aquel en quien la voluntad a la raz√≥n no obedece, quien tiene dentro del pecho aguijones, paz, guerra, tregua, amor, enemistad, injurias, pecados, sospechas, todo a una causa? Pero ta√Īe y canta la m√°s triste canci√≥n que sepas.

SEMPRONIO.- Mira Nero de Tarpeya / a Roma como se ard√≠a; / gritos dan ni√Īos y viejos / y √©l de nada se dol√≠a.2

CALISTO.- Mayor es mi fuego, y menor la piedad de quien yo agora digo.

SEMPRONIO.- (No me enga√Īo yo, que loco est√° este mi amo.)3

CALISTO.- ¬ŅQu√© est√°s murmurando, Sempronio?

SEMPRONIO.- No digo nada.

CALISTO.- Di lo que dices; no temas.

SEMPRONIO.- Digo que cómo puede ser mayor el fuego que atormenta un vivo que el que quemó tal ciudad y tanta multitud de gente.

CALISTO.- ¬ŅC√≥mo? Yo te lo dir√©. Mayor es la llama que dura ochenta a√Īos que la que en un d√≠a pasa, y mayor la que mata un √°nima que la que quem√≥ cien mil cuerpos. Como de la aparencia a la existencia, como de lo vivo a lo pintado, como de la sombra a lo real, tanta diferencia hay del fuego que dices al que me quema. Por cierto, si el del purgatorio es tal, m√°s querr√≠a que mi esp√≠ritu fuese con los de los brutos animales que por medio de aquel ir a la gloria de los santos.

SEMPRONIO.- (Algo es lo que digo; a m√°s ha de ir este hecho. No basta loco, sino hereje.)

CALISTO.- ¬ŅNo te digo que hables alto cuando hablares? ¬ŅQu√© dices?

SEMPRONIO.- Digo que nunca Dios quiera tal, que es especie de herejía lo que agora dijiste.4

CALISTO.- ¬ŅPor qu√©?

SEMPRONIO.- Porque lo que dices contradice la cristiana religión.

CALISTO.- ¬ŅQu√© a m√≠?

SEMPRONIO.- ¬ŅT√ļ no eres cristiano?

CALISTO.- ¬ŅYo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo.

SEMPRONIO.- T√ļ te lo dir√°s. Como Melibea es grande, no cabe en el coraz√≥n de mi amo, que por la boca le sale a borbollones. No es m√°s menester, bien s√© de qu√© pie coxqueas; yo te sanar√©.

1. El canto de Calisto recuerda al de los poetas de cancionero. El amor cort√©s sublimaba a la amada, a quien se rend√≠a el poeta, pero tras la admiraci√≥n plat√≥nica, se ocultaba frecuentemente el deseo carnal; 2. Versos de un conocido romance sobre el incendio de Roma provocado por el emperador Ner√≥n en el a√Īo 64 d.C.; 3. Los apartes o palabras dirigidas a los espectadores, que los otros personajes en escena aceptan no o√≠r, son un recurso c√≥mico; 4. Calisto ha cometido herej√≠a al desear el alma de los animales antes que la humana, inmortal, tras el paso por el fuego purificador del purgatorio. Las hiperb√≥licas palabras de Calisto fueron censuradas por la Inquisici√≥n.

   Las palabras del di√°logo y los apartes de Sempronio evidencian que el criado ha entendido perfectamente la enfermedad de su amo y qu√© medicina necesita para curarse.

El remedio de Sempronio

SEMPRONIO.- [...] Y por que no te desesperes, yo quiero tomar esta empresa de complir tu deseo.

CALISTO.- ¡Oh, Dios te dé lo que deseas, que glorioso me es oírte, aunque no espero que lo has de hacer!

SEMPRONIO.- Antes, lo haré cierto.5

CALISTO.- Dios te consuele. El jub√≥n de brocado6 que ayer vest√≠, Sempronio, v√≠stetelo t√ļ.

SEMPRONIO.- Prospérete Dios por este (y por muchos más que me darás. De la burla yo me llevo lo mejor; con todo, si destos aguijones7 me da, traérgela he hasta la cama. ¡Bueno ando! Hácelo esto que me dio mi amo, que sin merced, imposible es obrarse bien ninguna cosa.)

CALISTO.- No seas agora negligente.

SEMPRONIO.- No lo seas t√ļ, que imposible es hacer siervo diligente el amo perezoso.

CALISTO.- ¬ŅC√≥mo has pensado de hacer esta piedad8?

SEMPRONIO.- Yo te lo dir√©. D√≠as ha grandes9 que conozco en fin desta vecindad una vieja barbuda que se dice Celestina, hechicera, astuta, sagaz en cuantas maldades hay. Entiendo que pasan de cinco mil virgos los que se han hecho y deshecho por su autoridad en esta ciudad. A las duras pe√Īas promover√° y provocar√° a lujuria, si quiere.

CALISTO.- ¬ŅPodr√≠ala yo hablar?

SEMPRONIO.- Yo te la traeré hasta acá; por eso, aparéjate. Seyle gracioso10, seyle franco; estudia, mientra voy yo, a le decir tu pena tan bien como ella te dará el remedio.

CALISTO.- ¬ŅY tardas?

SEMPRONIO.- Ya voy; quede Dios contigo.

CALISTO.- Y contigo vaya. ¬°Oh todopoderoso, perdurable Dios, t√ļ que gu√≠as los perdidos y los reyes orientales por el estrella precedente a Bel√©n trujiste y en su patria los redujiste11, h√ļmilmente te ruego que gu√≠es a mi Sempronio, en manera que convierta mi pena y tristeza en gozo, y yo, indigno, merezca venir en el deseado fin!

La Celestina, edición de F. J. Lobera y otros, Biblioteca Clásica, Crítica.

5. 'Al contrario, es seguro que lo har√©'; 6. El jub√≥n era una vestidura que cubr√≠a desde los hombros hasta la cintura; este valioso jub√≥n de Calisto estaba hecho con hilos de oro y plata; 7. Con el sentido de 'regalos'; 8. Piedad, es decir, acto piadoso que se le pide a la dama para consolar al caballero es palabra del l√©xico del amor cort√©s. Aqu√≠ se emplea con un sentido ir√≥nico, puesto que ya sabemos el galard√≥n que persigue Calisto. 9. 'Hace mucho tiempo'; 10. 'Mu√©strate generoso'; 11. 'T√ļ que guiaste hasta Bel√©n a los Reyes Magos gracias a una estrella que los preced√≠a y los devolviste a su patria'.

   De nuevo, el aparte de Sempronio sirve para comunicar al lector la verdadera intenci√≥n del criado: aprovecharse de la debilidad de su amo. Celestina es presentada como algo m√°s que una alcahueta: es barbuda y hechicera (t√©rminos asociados al mundo de la brujer√≠a) y su principal oficio es el de restituir la virginidad de las mujeres.

Vídeo

ACTO TERCERO

   Celestina est√° ya al frente de la situaci√≥n y preparando la estrategia para convencer a Melibea. Ir√° a su casa con el pretexto de vender hilos para la costura. Sirvi√©ndose de sus conocimientos de hechicera, prepara un ung√ľento con el que impregna los hilos e invoca al dios Plut√≥n para que le ayude a lograr su prop√≥sito.

El conjuro de Celestina

plut√≥nTe conjuro, triste Plut√≥n, se√Īor de las profundidades infernales, emperador de los condenados, capit√°n de los √°ngeles rebeldes, se√Īor de los fuegos de azufre que el volc√°n Etna arroja, gobernador e inspector de los tormentos y de los atormentadores de las pecadoras almas. Yo, Celestina, tu m√°s conocida clienta, te conjuro por la fuerza de estas rojizas letras, por la sangre de aquella nocturna ave con la que est√°n escritas, por el √°spero veneno de las v√≠boras del que est√° hecho este aceite, con el cual unto estos hilos. Te conjuro a que vengas sin tardanza a obedecer mi voluntad y en los hilos te metas y en ellos permanezcas hasta que Melibea los compre, y en ellos quede tan enredada que, cuanto m√°s los mire, m√°s se ablande su coraz√≥n para concederme mi petici√≥n, y se lo abras y lo da√Īes con el cruel y fuerte amor de Calisto. Si no lo haces r√°pido, me tendr√°s como gran enemiga. As√≠, confiando en mi gran poder, me voy para all√° con mis hilos, donde creo que te llevo ya envuelto.

(Versión adaptada de Francisco Alejo, Anaya, "Clásicos a medida")

   Para hacer este conjuro o hechizo, Celestina invoca a Plut√≥n, dios romano de los infiernos, como si fuera el mism√≠simo demonio (capit√°n de los √°ngeles que se rebelaron contra Dios y pagaron su rebeld√≠a con la expulsi√≥n al infierno). Los antiguos tem√≠an a Plut√≥n por ser el dios m√°s inflexible, aunque tambi√©n el m√°s justo, ya que a su reino llegaban todos, sin importar su condici√≥n social. Rapt√≥ a Proserpina, con la que guardaba las puertas del infierno, vali√©ndose de la ayuda del can Cerberus (feroz perro con tres cabezas). Griegos y romanos cre√≠an que una de las puertas de entrada al infierno era el volc√°n Etna, en la isla de Sicilia, al que alude el texto. Celestina prepara la philocaptio (hechizo de amor) con un papel cuyas letras est√°n escritas con sangre de murci√©lago y un aceite de cocimiento de serpiente que derrama sobre el hilado, donde espera encerrar el demonio que ha de vencer la voluntad de Melibea. La gente del siglo XV sol√≠a creer en demonios "familiares" encerrados en los objetos. Las personas sospechosas de practicar esta magia negra eran encarceladas e incluso condenadas a morir en la hoguera.


ACTO CUARTO

   Celestina se dirige a casa de Melibea, donde la recibe la criada Lucrecia. Habla con Alisa, madre de la joven, sobre el hilado que trae para vender, pero la madre tiene prisa y le pide a su hija que atienda a Celestina. Antes de despedirse, la alcahueta aprovecha la ocasi√≥n para declararle la verdadera raz√≥n de su venida.

La seducción de las palabras

MELIBEA.- Celestina, amiga, yo he holgado mucho en verte y conocerte. También hasme dado placer con tus razones. Toma tu dinero y vete con Dios, que me parece que no debes haber comido.

 CELESTINA.- ¬°Oh ang√©lica imagen! ¬°Oh perla preciosa, y c√≥mo te lo dices! Gozo me toma en verte hablar. [...] Pues, si t√ļ me das licencia, direte la necesitada causa de mi venida1, que es otra que la que hasta ahora has o√≠do, y tal, que todos perder√≠amos en me tornar en balde sin que la sepas.

 MELIBEA.- Di, madre, todas tus necesidades, que si yo las pudiere remediar, de muy buen grado lo har√©, por el pasado conocimiento y vecindad que pone obligaci√≥n a los buenos.

 CELESTINA.- ¬ŅM√≠as, se√Īora? Antes ajenas, como tengo dicho, que las m√≠as de mi puerta adentro me las paso sin que las sienta la tierra2, comiendo cuando puedo, bebiendo cuando lo tengo. Que con mi pobreza jam√°s me falt√≥, a Dios gracias, una blanca para pan y un cuarto para vino, despu√©s que enviud√©, que antes no ten√≠a yo cuidado de lo buscar, que sobrado estaba en un cuero en mi casa, y uno lleno y otro vac√≠o. [...] As√≠ que, donde no hay var√≥n, todo bien fallece. Con mal est√° el huso cuando la barba no anda de suso3. Ha venido esto, se√Īora, por lo que dec√≠a de las ajenas necesidades y no m√≠as.

 MELIBEA.- Pide lo que querr√°s, sea para quien fuere.

 CELESTINA.- Doncella graciosa y de alto linaje, tu suave habla y alegre gesto, junto con el aparejo de liberalidad que muestras con esta pobre vieja, me dan osad√≠a a te lo decir. Yo dejo un enfermo a la muerte, que con sola palabra de tu noble boca salida que le lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanar√°, seg√ļn la mucha devoci√≥n tiene en tu gentileza.

 MELIBEA.- Vieja honrada, no te entiendo, si m√°s no declaras tu demanda4. Por una parte, me alteras y provocas a enojo; por otra, me mueves a compasi√≥n. No te sabr√≠a volver respuesta conveniente, seg√ļn lo poco que he sentido de tu habla. Que yo soy dichosa si de mi palabra hay necesidad para salud de alg√ļn cristiano, porque hacer beneficio es semejar a Dios, y m√°s que el que beneficio lo recibe cuando es a persona que le merece. Y el que puede sanar al que padece, no lo haciendo, le mata. As√≠ que no ceses tu petici√≥n por empacho ni temor.

 CELESTINA.- El temor perd√≠ mirando, se√Īora, tu beldad, que no puedo creer que en balde pintase Dios unos gestos m√°s perfectos que otros, m√°s dotados de gracias, m√°s hermosas facciones, sino para hacerlos almac√©n de virtudes, de misericordia, de compasi√≥n, ministros de sus mercedes y d√°divas, como a ti. [...]

 MELIBEA.- Por Dios, sin m√°s dilatar, me digas qui√©n es ese doliente, que de mal tan perplejo se siente que su pasi√≥n y remedio salen de una misma fuente.

 CELESTINA.- Bien tendr√°s, se√Īora, noticia en esta ciudad de un caballero mancebo, gentilhombre de clara sangre, que llaman Calisto.

 MELIBEA.- ¬°Ya, ya, ya! Buena vieja, no me digas m√°s, no pases adelante. ¬Ņ√Čse es el doliente por quien has hecho tantas premisas en tu demanda?, ¬Ņpor quien has venido a buscar la muerte para ti?, ¬Ņpor quien has dado tan da√Īosos pasos, desvergonzada barbuda? ¬ŅQu√© siente ese perdido, que con tanta pasi√≥n vienes? De locura ser√° su mal. ¬ŅQu√© te parece? Si me hallaras sin sospecha de ese loco, ¬Ņcon qu√© palabras me entrabas? No se dice en vano que el m√°s empecible miembro del mal hombre o mujer es la lengua. ¬°Quemada seas, alcahueta, falsa, hechicera, enemiga de honestad, causadora de secretos yerros! ¬°Jes√ļ, Jes√ļ! ¬°Qu√≠tamela, Lucrecia, de delante, que me fino, que no me ha dejado gota de sangre en el cuerpo! Bien se lo merece, esto y m√°s, quien a estas tales da o√≠dos. Por cierto, si no mirase a mi honestidad, y por no publicar su osad√≠a de ese atrevido, yo te hiciera, malvada, que tu raz√≥n y vida acabaran en un tiempo.

 CELESTINA.- (¬°En hora mala ac√° vine, si me falta5 mi conjuro! ¬°Ea, pues, bien s√© a qui√©n digo! ¬°Ce, hermano, que se va todo a perder!)

 MELIBEA.- ¬ŅAun hablas entre dientes delante de m√≠ para acrecentar mi enojo y doblar tu pena? ¬ŅQuerr√≠as condenar mi honestidad por dar vida a un loco? ¬ŅDejar a m√≠ triste por alegrar a √©l y llevar t√ļ el provecho de mi perdici√≥n, el galard√≥n de mi yerro? ¬ŅPerder y destruir la casa y la honra de mi padre por ganar la de una vieja maldita como t√ļ? ¬ŅPiensas que no tengo sentidas tus pisadas y entendido tu da√Īado mensaje? Pues yo te certifico que las albricias que de aqu√≠ saques no sean sino estorbarte de m√°s ofender a Dios, dando fin a tus d√≠as. Resp√≥ndeme, traidora, ¬Ņc√≥mo osaste tanto hacer?

 CELESTINA.- Tu temor, se√Īora, tiene ocupada mi disculpa. Mi inocencia me da osad√≠a, tu presencia me turba en verla irada y lo que m√°s siento y me pena es recibir enojo sin raz√≥n ninguna. Por Dios, se√Īora, que me dejes concluir mi dicho, que ni √©l quedar√° culpado ni yo condenada, y ver√°s c√≥mo es todo m√°s servicio de Dios que pasos deshonestos; m√°s para dar salud al enfermo que para da√Īar la fama al m√©dico. Si pensara, se√Īora, que tan de ligero hab√≠as de conjeturar de lo pasado nocibles sospechas, no bastara tu licencia para me dar osad√≠a a hablar en cosa que a Calisto ni a otro hombre tocase.

 MELIBEA.- ¬°Jes√ļ! No oiga yo mentar m√°s ese loco, saltaparedes, fantasma de noche, luengo como cig√ľe√Īa, figura de paramento mal pintado; si no, aqu√≠ me caer√© muerta. ¬°√Čste es el que el otro d√≠a me vio y comenz√≥ a desvariar conmigo en razones haciendo mucho del gal√°n! Dirasle, buena vieja, que si pens√≥ que ya era todo suyo y quedaba por √©l el campo, porque holgu√© m√°s de consentir sus necedades que castigar su yerro, quise m√°s dejarle por loco que publicar su atrevimiento. Pues av√≠sale que se aparte de este prop√≥sito y serle ha sano; si no, podr√° ser que no haya comprado tan cara habla en su vida [...] y t√ļ, t√≥rnate con su misma raz√≥n, que respuesta de m√≠ otra no habr√°s ni la esperes, que por dem√°s es ruego a quien no puede haber misericordia, y da gracias a Dios, pues tan libre vas de esta feria. Bien me hab√≠an dicho qui√©n t√ļ eras y avisado de tus propiedades, aunque ahora no te conoc√≠a.

 CELESTINA.- (¬°M√°s fuerte estaba Troya, y aun otras m√°s bravas he yo amansado! Ninguna tempestad mucho dura.)

 MELIBEA.- ¬ŅQu√© dices, enemiga? Habla, que te pueda o√≠r. ¬ŅTienes disculpa alguna para satisfacer mi enojo y excusar tu yerro y osad√≠a?

 CELESTINA.- Mientras viviere tu ira, m√°s da√Īar√° mi descargo, que est√°s muy rigurosa y no me maravillo, que la sangre nueva poca calor ha menester para hervir6.

 MELIBEA.- ¬ŅPoca calor? Poca la puedes llamar, pues quedaste t√ļ viva y yo quejosa sobre tan gran atrevimiento. ¬ŅQu√© palabra pod√≠as t√ļ querer para ese tal hombre que a m√≠ bien me estuviese? Responde, pues dices que no has concluido, y quiz√° pagar√°s lo pasado.

 CELESTINA.- Una oraci√≥n, se√Īora, que le dijeron que sab√≠as de Santa Polonia para el dolor de las muelas. Asimismo tu cord√≥n, que es fama que ha tocado todas las reliquias que hay en Roma y Jerusal√©n. Aquel caballero que dije pena y muere de ellas. √Čsta fue mi venida. Pero, pues en mi dicha estaba tu airada respuesta, pad√©zcase √©l su dolor en pago de buscar tan desdichada mensajera, que, pues en tu mucha virtud me falt√≥ piedad, tambi√©n me faltar√° agua si a la mar me enviara. Pero ya sabes que el deleite de la venganza dura un momento, y el de la misericordia para siempre.

 MELIBEA.- Si eso quer√≠as, ¬Ņpor qu√© luego7 no me lo expresaste? ¬ŅPor qu√© me lo dijiste por tales palabras?

 CELESTINA.- Se√Īora, porque mi limpio motivo me hizo creer que, aunque en otras cualesquier lo propusiera, no se hab√≠a de sospechar mal. Que si falt√≥ el debido pre√°mbulo fue porque la verdad no es necesario abundar de muchas colores. Compasi√≥n de su dolor, confianza de tu magnificencia, ahogaron en mi boca al principio la expresi√≥n de la causa. Y pues conoces, se√Īora, que el dolor turba, la turbaci√≥n desmanda y altera la lengua, la cual hab√≠a de estar siempre atada con el seso; por Dios que no me culpes. Y si el otro yerro ha hecho, no redunde en mi da√Īo, pues no tengo otra culpa sino ser mensajera del culpado. No quiebre la soga por lo m√°s delgado. [...] Nunca fue mi voluntad enojar a unos por agradar a otros, aunque hayan dicho a tu merced en mi ausencia otra cosa. Al fin, se√Īora, a la firme verdad el viento del vulgo no la empece8. Una sola soy en este limpio trato. En toda la ciudad pocos tengo descontentos. Con todos cumplo, los que algo me mandan, como si tuviese veinte pies y otras tantas manos.

 MELIBEA.- No me maravillo, que un solo maestro de vicios dicen que basta para corromper un gran pueblo. Por cierto, tantos y tales loores me han dicho de tus falsas ma√Īas que no s√© si crea que ped√≠as oraci√≥n.

 CELESTINA.- Nunca yo la rece, y si la rezare no sea o√≠da, si otra cosa de m√≠ se saque, aunque mil tormentos me diesen.

 MELIBEA.- Mi pasada alteraci√≥n me impide a re√≠r de tu disculpa, que bien s√© que ni juramento ni tormento te har√° decir verdad, que no es en tu mano.

 CELESTINA.- Eres mi se√Īora. T√©ngote de callar, hete yo de servir, hasme t√ļ de mandar. Tu mala palabra ser√° v√≠spera de una saya9.

 MELIBEA.- Bien lo has merecido.

 CELESTINA.- Si no la he ganado con la lengua, no la he perdido con la intenci√≥n.

 MELIBEA.- Tanto afirmas tu ignorancia que me haces creerlo que puede ser. Quiero, pues, en tu dudosa disculpa tener la sentencia en peso y no disponer de tu demanda al sabor de ligera interpretaci√≥n. No tengas en mucho ni te maravilles de mi pasado sentimiento, porque concurrieron dos cosas en tu habla, que cualquiera de ellas era bastante para me sacar de seso: nombrarme ese tu caballero que conmigo se atrevi√≥ a hablar, y tambi√©n pedirme palabra sin m√°s causa, que no se pod√≠a sospechar sino da√Īo para mi honra. Pero, pues todo viene de buena parte, de lo pasado haya perd√≥n, que en alguna manera es aliviado mi coraz√≥n viendo que es obra p√≠a y santa sanar los apasionados y enfermos.

 CELESTINA.- ¬°Y tal enfermo, se√Īora! Por Dios, si bien le conocieses, no le juzgases por el que has dicho y mostrado con tu ira. En Dios y en mi alma, no tiene hiel; gracias, dos mil; en franqueza, Alejandro; en esfuerzo, H√©ctor; gesto de un rey; gracioso, alegre, jam√°s reina en √©l tristeza. De noble sangre, como sabes, gran justador, pues verlo armado, un San Jorge. Fuerza y esfuerzo no tuvo H√©rcules tanta. La presencia y facciones, disposici√≥n, desenvoltura, otra lengua hab√≠a menester para las contar. Todo junto semeja √°ngel del cielo. Por fe tengo que no era tan hermoso aquel gentil Narciso que se enamor√≥ de su propia figura cuando se vio en las aguas de la fuente. Ahora, se√Īora, ti√©nele derribado una sola muela que jam√°s cesa de quejar.

 MELIBEA.- ¬ŅY qu√© tanto tiempo ha?

 CELESTINA.- Podr√° ser, se√Īora, de veintitr√©s a√Īos, que aqu√≠ est√° Celestina, que le vio nacer y le tom√≥ a los pies de su madre.

 MELIBEA.- Ni te pregunto eso ni tengo necesidad de saber su edad; sino qu√© tanto ha que tiene el mal.

 CELESTINA.- Se√Īora, ocho d√≠as, que parece que ha un a√Īo en su flaqueza. Y el mayor remedio que tiene es tomar una vihuela, y ta√Īe tantas canciones y tan lastimeras que no creo que fueron otras las que compuso aquel Emperador y gran m√ļsico Adriano de la partida del √°nima, por sufrir sin desmayo la ya vecina muerte. Que, aunque yo s√© poco de m√ļsica, parece que hace aquella vihuela hablar. [...] Y pues tanta raz√≥n tengo, juzga, se√Īora, por bueno mi prop√≥sito, mis pasos saludables y vac√≠os de sospecha.

 MELIBEA.- ¬°Oh cu√°nto me pesa con la falta de mi paciencia, porque, siendo √©l ignorante y t√ļ inocente, hab√©is padecido las alteraciones de mi airada lengua! Pero la mucha raz√≥n me releva de culpa, la cual tu habla sospechosa caus√≥. En pago de tu buen sufrimiento, quiero cumplir tu demanda y darte luego mi cord√≥n. Y, porque para escribir la oraci√≥n no habr√° tiempo sin que venga mi madre, si esto no bastare, ven ma√Īana por ella muy secretamente.

 LUCRECIA.- (¬°Ya, ya, perdida es mi ama! Secretamente quiere que venga Celestina. Fraude hay; m√°s le querr√° dar que lo dicho.)

 MELIBEA.- ¬ŅQu√© dices, Lucrecia?

 LUCRECIA.- Se√Īora, que baste lo dicho, que es tarde.

 MELIBEA.- Pues, madre, no le des parte de lo que pas√≥ a ese caballero, por que10 no me tenga por cruel o arrebatada o deshonesta.

 LUCRECIA.- (No miento yo, que mal va este hecho.)

 CELESTINA.- Mucho me maravillo, se√Īora Melibea, de la duda que tienes de mi secreto. No temas, que todo lo s√© sufrir y encubrir, que bien veo que tu mucha sospecha ech√≥, como suele, mis razones a la m√°s triste parte. Yo voy con tu cord√≥n tan alegre que se me figura que est√° dici√©ndole all√° el coraz√≥n la merced que nos hiciste y que lo tengo de hallar aliviado.

 MELIBEA.- M√°s har√© por tu doliente, si menester fuere, en pago de lo sufrido.

 CELESTINA.- (M√°s ser√° menester y m√°s har√°s, y aunque no se te agradezca.)

 MELIBEA.- ¬ŅQu√© dices, madre, de agradecer?

 CELESTINA.- Digo, se√Īora, que todos lo agradecemos y serviremos, y todos quedamos obligados. Que la paga m√°s cierta es cuando m√°s la tienen de cumplir.

 LUCRECIA.- (¬°Trast√≥came esas palabras!)11

 CELESTINA.- (¬°Hija Lucrecia! ¬°Ce! Ir√°s a casa y darte he una lej√≠a con que pares esos cabellos m√°s que el oro12. No lo digas a tu se√Īora, y aun darte he unos polvos para quitarte ese olor de la boca, que te huele un poco, que en el reino no lo sabe hacer otra sino yo, y no hay cosa que peor en la mujer parezca.)

 LUCRECIA.- (Oh, Dios te d√© buena vejez, que m√°s necesidad ten√≠a de todo eso que de comer.)

 CELESTINA.- (Pues, ¬Ņpor qu√© murmuras contra m√≠, loquilla? Calla, que no sabes si me habr√°s menester en cosa de m√°s importancia. No provoques a ira a tu se√Īora m√°s de lo que ella ha estado. D√©jame ir en paz.)

 MELIBEA.- ¬ŅQu√© le dices, madre?

 CELESTINA.- Se√Īora, ac√° nos entendemos.

 MELIBEA.- D√≠melo, que me enojo cuando yo presente se habla cosa de que no haya parte.

 CELESTINA.- Se√Īora, que te acuerde la oraci√≥n, para que la mandes escribir. Y que aprenda de m√≠ a tener mesura en el tiempo de tu ira, en la cual yo us√© lo que se dice que del airado es de apartar por poco tiempo, del enemigo por mucho. Pues t√ļ, se√Īora, ten√≠as ira con lo que sospechaste de mis palabras, no enemistad. Porque, aunque fueran las que t√ļ pensabas, en s√≠ no eran malas, que cada d√≠a hay hombres penados por mujeres y mujeres por hombres, y esto obra la natura. Y la natura ordenola Dios, y Dios no hizo cosa mala. Y as√≠ quedaba mi demanda, comoquiera que fuese, en s√≠ loable, pues de tal tronco procede, y yo libre de pena. M√°s razones de √©stas te dir√≠a, sino porque la prolijidad es enojosa al que oye y da√Īosa al que habla.13

 MELIBEA.- En todo has tenido buen tiento, as√≠ en el poco hablar en mi enojo como con el mucho sufrir.

 CELESTINA.- Se√Īora, sufrite con temor, porque te airaste con raz√≥n. Porque con la ira morando, poder no es sino rayo. Y por esto pas√© tu rigurosa habla hasta que su almac√©n hubiese gastado.

 MELIBEA.- En cargo te es ese caballero14.

 CELESTINA.- Se√Īora, m√°s merece, y si algo con mi ruego para √©l he alcanzado, con la tardanza lo he da√Īado. Yo me parto para √©l, si licencia me das.

 MELIBEA.- Mientras m√°s a√≠na la hubieras pedido, m√°s de grado la hubieras recaudado. Ve con Dios, que ni tu mensaje me ha tra√≠do provecho ni de tu ida me puede venir da√Īo15.

La Celestina, ed. modernizada de J. J. Penava, Biblioteca Centro Virtual Cervantes.

1. Celestina visita a Melibea no por placer, sino por necesidad, porque "visitar" forma parte de su trabajo; 2. Sin que nadie se entere; 3. Refr√°n: Si el huso (instrumento para tejer) no tiene barbas (pelos, hilos) encima (de suso), no funciona. Celestina aplica este refr√°n a la mujer; 4. Si no te explicas mejor; 5. Si me falla el conjuro, si no hace efecto; 6. Los j√≥venes se exaltan enseguida; 7. Pronto, desde el primer momento; 8. No la da√Īa; 9. Falda; 10. Para que; 11. Acl√°rame tus palabras; 12. Un l√≠quido para te√Īir los cabellos de rubio; 13. Alargar en exceso la conversaci√≥n termina aburriendo y agotando a quien escucha y a quien habla; 14. Ese caballero est√° en deuda contigo; 15. Si antes me la hubieras pedido, con m√°s agrado te la habr√≠a concedido.     

   En este texto podemos distinguir tres partes: la primera comprende desde el principio hasta la intervenci√≥n de Celestina en que le revela a Melibea el nombre del doliente caballero: Calisto; la segunda comienza con el airado rechazo de la joven (¬°Ya, ya, ya! Buena vieja no me digas m√°s, no pases adelante.) y acaba con la hip√≥crita declaraci√≥n de Celestina de que lo que iba a pedirle a Melibea era una oraci√≥n para el dolor de muelas del joven; la tercera, hasta el final, muestra la progresiva curiosidad de Melibea por la salud del afligido Calisto.

   Todo el texto es un magn√≠fico ejemplo de c√≥mo Celestina es capaz de manejar el lenguaje a su provecho. As√≠, comienza la vieja alcahueta adulando a la joven por su belleza y bien hablar, prepar√°ndola para abordar el tema que le interesa: el encargo de Calisto, su se√Īor. Para ello, argumenta con el Evangelio que "no solo de pan vive el hombre" y que antes de enviudar no ten√≠a que preocuparse por buscar qu√© comer, de donde se deduce que no es bueno que la mujer viva sin compa√Ī√≠a (eso es lo que le quiere decir con el refr√°n Con mal est√° el huso cuando la barba no anda de suso, refr√°n que hoy ser√≠a tachado de machista). Al hilo del tema principal de esta primera parte, encontramos otro: el gusto de Celestina por el vino. En su pobreza, dice, nunca le falt√≥ una blanca (moneda de poqu√≠simo valor) para pan y un cuarto para vino, o sea, dedicaba much√≠simo m√°s dinero a beber que a comer.

   La dilaci√≥n de Celestina en nombrar al caballero pone nerviosa a Melibea, quien estalla al o√≠r el nombre de Calisto y no duda en calificar su mal 'de locura', esto es, de perseguir el loco amor. Los ep√≠tetos con que Melibea describe al joven evidencian su rechazo: loco, saltaparedes, fantasma, larguirucho, etc. Tampoco la vieja sale mejor parada, y tan amenazada que la alcahueta ve su vida en peligro: ¬°Ce, hermano [:el diablo], que se va todo a perder! Toca, pues, recoger velas y darle un giro de ciento ochenta grados a la conversaci√≥n para calmar a Melibea. Y en eso la vieja es gran experta.

   Mal de muelas, mal de amores, dice otro refr√°n. Celestina solicita para sanar a Calisto una oraci√≥n a Santa Apolonia (patrona de los dentistas) y el cord√≥n que lleva puesto, un cord√≥n que ha tocado todas las reliquias de Roma y Jerusal√©n, pero especialmente que ha estado y est√° en contacto con el cuerpo de Melibea. ¬ŅEra tan ingenua Melibea como para no darse cuenta de las intenciones de Celestina o es m√°s lista de lo que parece y le sigue el juego (siempre que lo mantenga en secreto)? ¬ŅSu repentino cambio de actitud hacia Calisto es producto de las palabras seductoras de Celestina, del hechizo diab√≥lico derramado sobre el hilado o es fruto de su propia voluntad? Los apartes de Lucrecia anticipan el resultado y las palabras de Melibea que cierran este texto, una de tantas iron√≠as con que nos obsequi√≥ Fernando de Rojas.

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ACTO OCTAVO

   P√°rmeno, joven criado de Calisto, conoce bien a Celestina porque su madre fue compa√Īera de avatares de la alcahueta. Por eso, se ha opuesto a que su se√Īor se conf√≠e a la vieja, temiendo el da√Īo que esta pueda causar. Celestina utiliza sus artes para ganarse a P√°rmeno y lo lleva hasta Are√ļsa, guapa muchacha con la que pasa la noche.

P√°rmeno enamorado

P√ĀRMENO.- ¬°Oh placer singular, oh singular alegr√≠a! ¬ŅCu√°l hombre es ni ha sido m√°s bienaventurado que yo? ¬ŅCu√°l m√°s dichoso y bienandante? ¬°Que un tan excelente don sea por m√≠ pose√≠do, y cuan presto pedido tan presto alcanzado! Por cierto, si las traiciones desta vieja con mi coraz√≥n yo pudiese sufrir, de rodillas hab√≠a de andar a la complacer. ¬ŅCon qu√© pagar√© yo esto? ¬°Oh alto Dios!, ¬Ņa qui√©n contar√≠a yo este gozo? ¬ŅA qui√©n descobrir√≠a tan gran secreto? ¬ŅA qui√©n dar√© parte de mi gloria? Bien me dec√≠a la vieja que de ninguna prosperidad es buena la posesi√≥n sin compa√Ī√≠a. El placer no comunicado no es placer. ¬ŅQui√©n sentir√≠a esta mi dicha como yo la siento? A Sempronio veo a la puerta de casa. Mucho ha madrugado. Trabajo tengo con mi amo si es salido fuera. No ser√°, que no es acostumbrado; pero, como agora no anda en su seso, no me maravillo que haya pervertido su costumbre.


SEMPRONIO.- P√°rmeno, hermano, si yo supiese aquella tierra donde se gana el sueldo dormiendo, mucho har√≠a por ir all√°, que no dar√≠a ventaja a ninguno: tanto ganar√≠a como otro qualquiera. ¬ŅY c√≥mo, holgaz√°n, descuidado, fuiste para no tornar? No s√© qu√© crea de tu tardanza, sino que te quedaste a escalentar la vieja esta noche o a rascarle los pies como cuando chiquito.

P√ĀRMENO.- ¬°Oh Sempronio amigo y m√°s que hermano, por Dios, no corrompas mi placer, no mezcles tu ira con mi sofrimiento, no revuelvas tu descontentamiento con mi descanso, no ag√ľes con tan turbia agua el claro licuor del pensamiento que traigo, no enturbies con tus envidiosos castigos y odiosas reprehensiones mi placer! ¬°Rec√≠beme con alegr√≠a, y contarte he maravillas de mi buena andanza pasada!

SEMPRONIO.- Dilo, dilo. ¬ŅEs algo de Melibea? ¬ŅHasla visto?

P√ĀRMENO.- ¬°Qu√© de Melibea! Es de otra que yo m√°s quiero, y aun tal, que, si no estoy enga√Īado, puede venir con ella en gracia y hermosura. S√≠, que no se encerr√≥ el mundo y todas sus gracias en ella.

SEMPRONIO.- ¬ŅQu√© es esto, desvariado? Re√≠rme querr√≠a, sino que no puedo. ¬ŅYa todos amamos? ¬°El mundo se va a perder! Calisto a Melibea, yo a Elicia; t√ļ, de envidia, has buscado con quien perder ese poco de seso que tienes.

P√ĀRMENO.- Luego ¬Ņlocura es amar, y yo soy loco y sin seso? Pues si la locura fuese dolores, en cada casa habr√≠a voces.

La Celestina, edición de F. J. Lobera y otros, Biblioteca Clásica, Crítica.

   Amor, amor, cat√°strofe. / ¬°Qu√© hundimiento del mundo! As√≠ comienza un poema de Pedro Salinas (La voz a ti debida) que trae a los lectores de hoy el pensamiento de un autor del siglo XV. P√°rmeno ha vivido una intensa noche de amor con Are√ļsa y, tras la despedida, siente la necesidad de compartir con otros su alegr√≠a, siguiendo las ense√Īanzas de Celestina de que el placer no comunicado no es placer. Los momentos de felicidad son m√°s dichosos a√ļn cuando se pueden recrear comparti√©ndolos con los dem√°s. Sempronio le ofrece esa oportunidad, pero el mis√≥gino criado hermano se muestra duro con √©l, hiriente: te has buscado a Are√ļsa s√≥lo porque nos envidias a m√≠ y a nuestro amo, le viene a decir. No es por envidia, no. Amar forma parte de la condici√≥n humana, como escribi√≥ el arcipreste de Hita, y P√°rmeno ha ca√≠do -igual que ellos- en las redes del loco amor, esas que atrapan a todos sin distinci√≥n de clase. El amor, dice la alcahueta, es el motor del mundo.

 

ACTO NOVENO

   Sempronio y P√°rmeno llegan a casa de Celestina, donde se encuentran con Elicia y Are√ļsa. Durante la comida ri√Īen por haber alabado los criados la belleza de Melibea en presencia de sus amantes, lo que provoca los celos de estas. Celestina interviene para poner paz entre los j√≥venes y hablar de la fuerza del amor.

Carpe diem!

CELESTINA.- Hablemos sobre lo que afecta a nuestro caso. Decidme, ¬Ņc√≥mo ha quedado Calisto? ¬ŅC√≥mo lo hab√©is dejado? ¬ŅC√≥mo os hab√©is podido ambos escabullir de √©l?

P√ĀRMENO.- Por ah√≠ se fue maldiciendo, desesperado, medio loco, a misa a la Magdalena, a rogar a Dios para que te d√© ayuda y asegurando que no volver√° a casa hasta o√≠r que has venido con Melibea. Tu saya y tu manto, e incluso mi sayo, seguros est√°n; lo otro, que vaya y que venga. Cu√°ndo lo dar√°, no lo s√©.

CELESTINA.- Que sea cuando sea. Alegra todo aquello que con poco trabajo se gana, sobre todo viniendo de un hombre tan rico que con las sobras de su casa podría yo salir de la pobreza. No les duele a estos lo que gastan. No se dan cuenta con el embelesamiento del amor, no les produce pena, no ven, no oyen. No comen ni beben, ni ríen ni lloran, ni duermen ni están en vela, ni hablan ni callan, ni penan ni descansan, ni están contentos, ni se quejan, de acuerdo con la confusión de esa dulce llaga de sus corazones. Mucha fuerza tiene el amor. La misma autoridad tiene en todo género de hombres. Todas las dificultades vence. Así que, si vosotros buenos enamorados habéis sido, consideraréis que yo digo la verdad.

SEMPRONIO.- Se√Īora, en todo te concedo la raz√≥n, pues aqu√≠ est√° quien me caus√≥ durante alg√ļn tiempo andar hecho otro Calisto, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabeza vac√≠a, los d√≠as malamente durmiendo, las noches completas velando, dando serenatas, saltando paredes, cansando a los amigos, quebrando espadas, escalando, vistiendo armas y otros mil actos de enamorado, haciendo coplas, buscando diversiones. Pero todo lo doy por bien empleado, pues tal joya gan√©.

ELICIA.- ¬°Muy convencido est√°s de que me tienes ganada! Pues te hago saber que no has vuelto t√ļ la cabeza cuando ya est√° en casa otro que m√°s quiero, m√°s gracioso que t√ļ e incluso que no anda buscando c√≥mo enojarme.

CELESTINA.- Hijo, d√©jala hablar, que disparata. Mientras m√°s cosas de ese tipo le oigas, m√°s confirma su amor. Todo es porque aqu√≠ hab√©is alabado a Melibea. Gozad vuestra fresca juventud, pues quien ocasi√≥n tiene y mejor la espera, ocasi√≥n vendr√° en que se arrepienta, como yo hago ahora a causa de algunas horas que dej√© perder cuando moza, cuando me apreciaban, cuando me quer√≠an. Porque ya, por mi mal pecado, he caducado, nadie me quiere. Besaos y abrazaos, que a m√≠ no me queda otra cosa sino gozar vi√©ndolo. Cuando est√©is solos, no quiero poner l√≠mites, puesto que el rey no los pone. Dios os bendiga, ¬°c√≥mo os re√≠s y os divert√≠s, putillos, loquillos, traviesos! ¬ŅEn esto ten√≠a que terminar el enfado? ¬°Cuidado no derrib√©is la mesa!

ELICIA.- Madre, a la puerta llaman. ¡La diversión se ha estropeado!

La Celestina, versión adaptada de F. Alejo, Anaya, "Clásicos a medida".

   De los efectos que produce el amor en los enamorados, pasa Celestina a la alabanza del disfrute de la vida. El carpe diem es un t√≥pico de la literatura universal que, desde el poeta latino Horacio (carpe diem, quam minimum credula postero: 'aprovecha el d√≠a, confiada lo menos posible en el ma√Īana'), se ha adaptado a las caracter√≠sticas de cada √©poca. Suele aparecer asociado al t√≥pico del tempus fugit. En la Edad Media, quer√≠a significar "aprovecha el momento porque vas a morir pronto"; en el Renacimiento, "aprovecha la juventud antes de que te llegue la vejez y te arrepientas de no haberla disfrutado". Este es el consejo que da Celestina a los criados y su propia vida demuestra la certeza de su pensamiento.

 

ACTO DUOD√ČCIMO

   El hechizo ha producido su efecto, Melibea siente el fuego del amor y acuerda con Celestina el primer encuentro amoroso con Calisto.

 Primera cita de los amantes

MELIBEA.- Vete, Lucrecia, a acostar un poco. ¬°Eh, se√Īor!, ¬Ņc√≥mo es tu nombre? ¬ŅQui√©n es el que te mand√≥ venir aqu√≠?

CALISTO.- Es la que tiene merecimiento de mandar a todo el mundo, la que dignamente servir yo no merezco. No tema tu merced descubrirse a este cautivo de tu gentileza, que el dulce sonido de tu habla, que jam√°s de mis o√≠dos se cae, me certifica ser t√ļ mi se√Īora Melibea. Yo soy tu siervo Calisto.

MELIBEA.- La sobrada osad√≠a de tus mensajes me ha forzado a tener que hablarte, se√Īor Calisto, que habiendo conseguido de m√≠ la pasada respuesta a tus razones, no s√© qu√© piensas sacar m√°s de mi amor de lo que entonces te mostr√©. Desv√≠a estos vanos y locos pensamientos de ti, para que mi honra y mi persona est√©n seguras, sin detrimento de mala sospecha. A esto se debe mi venida aqu√≠, para acordar tu despedida y mi reposo. No quieras poner mi fama en la balanza de las lenguas maldicientes.

CALISTO.- [...] ¬°Oh malaventurado Calisto! ¬°Oh cu√°n burlado has sido de tus sirvientes! ¬°Oh enga√Īosa mujer Celestina, dej√°rasme acabar de morir, y no tornaras a vivificar mi esperanza para que tuviese que gastar m√°s fuego del que ya me aqueja! ¬ŅPor qu√© falseaste la palabra de esta mi se√Īora? ¬ŅPor qu√© has dado as√≠ con tu lengua causa a mi desesperaci√≥n? ¬ŅA qu√© me mandaste venir aqu√≠, para que me fuese mostrado el disfavor, el entredicho, la desconfianza, el odio, por la misma boca de esta que tiene las llaves de mi perdici√≥n y gloria? ¬°Oh enemiga! ¬ŅY t√ļ no me dijiste que esta mi se√Īora me era favorable? [...]

MELIBEA.- Cesen, se√Īor m√≠o, tus verdaderas querellas, que ni mi coraz√≥n basta para sufrirlas ni mis ojos para disimularlo. T√ļ lloras de tristeza, juzg√°ndome cruel; yo lloro de placer, vi√©ndote tan fiel. ¬°Oh mi se√Īor y mi bien todo, cu√°nto m√°s alegre me fuera poder ver tu faz que o√≠r tu voz! Pero, pues no se puede en el presente hacer m√°s, toma la firma y sello de las razones que te envi√© escritas en la lengua de aquella sol√≠cita mensajera. Todo lo que te dijo confirmo, todo lo he por bueno. Limpia, se√Īor, tus ojos; ordena de m√≠ a tu voluntad.

CALISTO.- ¬°Oh se√Īora m√≠a, esperanza de mi gloria, descanso y alivio de mi pena, alegr√≠a de mi coraz√≥n! ¬ŅQu√© lengua ser√° bastante para darte iguales gracias a la sobrada e incomparable merced que en este punto de tanta congoja para m√≠ me has querido hacer en querer que un tan flaco e indigno hombre pueda gozar de tu suav√≠simo amor? [...]

MELIBEA.- Se√Īor Calisto, tu mucho merecer, tus extremadas gracias, tu alto nacimiento, han obrado que, despu√©s que de ti tuve entera noticia, ning√ļn momento de mi coraz√≥n te partieses. Y, aunque muchos d√≠as he pugnado por disimularlo, no he podido tanto que, en torn√°ndome aquella mujer tu dulce nombre a la memoria, no descubriese mi deseo y viniese a este lugar y tiempo, donde te suplico ordenes y dispongas de mi persona seg√ļn quieras. Las puertas impiden nuestro gozo, las cuales yo maldigo y sus fuertes cerrojos y mis flacas fuerzas, que ni t√ļ estar√≠as quejoso ni yo descontenta.

CALISTO.- ¬ŅC√≥mo, se√Īora m√≠a, y mandas que consienta a un palo impedir nuestro gozo? Nunca yo pens√© que, adem√°s de tu voluntad, lo pudiera estorbar cosa alguna. ¬°Oh molestas y enojosas puertas, ruego a Dios que tal fuego os abrase como a m√≠ da guerra, que con la tercia parte ser√≠ais en un punto quemadas! Pues, por Dios, se√Īora m√≠a, permite que llame a mis criados para que las quiebren.

[...]

MELIBEA.- ¬ŅQuieres, amor m√≠o, perderme a m√≠ y da√Īar mi fama? No sueltes las riendas a la voluntad. La esperanza es cierta, el tiempo breve cuanto t√ļ ordenares1. Y pues t√ļ sientes tu pena sencilla, y yo la de entrambos, t√ļ tu solo dolor, yo el tuyo y el m√≠o, cont√©ntate con venir ma√Īana a esta hora por las paredes de mi huerto. Que si ahora quebrases las crueles puertas, aunque al presente no fu√©semos sentidos, amanecer√≠a en casa de mi padre terrible sospecha de mi yerro2. Y, pues sabes que tanto mayor es el yerro cuanto mayor es el que yerra, en un punto ser√° por la ciudad publicado.

1. La esperanza que te doy de estar junto a ti es cierta; el tiempo ser√° tan breve como t√ļ quieras. 2. Falta o delito cometido.  

   La curiosidad de Melibea por conocer a Calisto ha podido m√°s que la prudencia y el sentido de la responsabilidad. Melibea sabe que su honra y, por ende, la de su familia est√°n en juego. La cabeza le dicta la necesidad de poner fin a este encuentro; su coraz√≥n, alargarlo y, si no existieran barreras f√≠sicas entre los dos (puertas cerradas con cerrojos), dar rienda suelta a sus sentimientos. Segura ya del amor que Calisto siente por ella, segura ella tambi√©n de su amor por Calisto, los amantes acuerdan tener nueva cita al d√≠a siguiente.

 

   Calisto vuelve a su casa y se echa a descansar hasta que llegue la hora de la nueva cita con Melibea. Sempronio y P√°rmeno deciden ir a casa de Celestina a reclamarle su parte de los beneficios del negocio.

Muerte de Celestina

P√ĀRMENO.- ¬ŅAd√≥nde iremos, Sempronio? ¬ŅA la cama a dormir o a la cocina a desayunar?

SEMPRONIO.- Ve t√ļ donde quisieres, que antes que venga el d√≠a quiero yo ir a Celestina a cobrar mi parte de la cadena, que es una puta vieja: no le quiero dar tiempo en que fabrique alguna maldad con que nos excluya.

P√ĀRMENO.- Bien dices. Olvidado lo hab√≠a. Vamos los dos y, si en eso se pone, asust√©mosla de manera que le pese, que sobre dinero no hay amistad.

[...]

SEMPRONIO.- [...] D√©jate conmigo de razones. A perro viejo, no cuz cuz1. Danos las dos partes por cuenta de cuanto de Calisto has recibido; no quieras que se descubra qui√©n eres t√ļ. ¬°A los otros, a los otros con esos halagos, vieja!

CELESTINA.- ¬ŅQui√©n soy yo, Sempronio? ¬ŅQuit√°steme de la puter√≠a?2 Calla tu lengua, no desprecies mis canas, que soy una vieja cual Dios me hizo, no peor que todas. Vivo de mi oficio, como cada cual del suyo, muy limpiamente. A quien no me quiere no lo busco; de mi casa me vienen a sacar, en mi casa me ruegan. Si vivo bien o mal, Dios es el testigo de mi coraz√≥n. Y no pienses maltratarme con tu ira, que justicia hay para todos y a todos es igual. Tan bien ser√© o√≠da, aunque mujer, como vosotros muy peinados3. D√©jame en mi casa con mi fortuna. Y t√ļ, P√°rmeno, no pienses que soy tu cautiva por saber mis secretos y mi vida pasada, y los casos que nos acaecieron a m√≠ y a la desdichada de tu madre. Y aun as√≠ me trataba ella, cuando Dios quer√≠a.

P√ĀRMENO.- ¬°No me hinches las narices con esas memorias; si no, enviarte he con nuevas a ella, donde mejor te puedas quejar!4

CELESTINA.- ¬°Elicia, Elicia, lev√°ntate de esa cama! ¬°Dame mi manto, presto, que, por los santos de Dios, para aquella justicia me vaya, bramando como una loca! ¬ŅQu√© es esto? ¬ŅQu√© quieren decir tales amenazas en mi casa? ¬°Con una oveja mansa ten√©is vosotros manos y braveza?, ¬Ņcon una gallina atada?, ¬Ņcon una vieja de sesenta a√Īos? ¬°All√°, all√° con los hombres como vosotros! ¬°Contra los que ci√Īen espada mostrad vuestras iras, no contra mi flaca rueca! Se√Īal es de gran cobard√≠a acometer a los menores y a los que poco pueden.[...] Si aquella que all√≠ est√° en aquella cama me hubiese cre√≠do a m√≠, jam√°s quedar√≠a esta casa de noche sin var√≥n, ni dormir√≠amos a lumbre de pajas; pero, por aguardarte, por serte fiel, padecemos esta soledad. Y como nos veis mujeres, habl√°is y ped√≠s demas√≠as, lo cual, si hombre sintieseis en la posada, no har√≠ais, que, como dicen, ¬ęel duro adversario entibia las iras y sa√Īas¬Ľ.

SEMPRONIO.- ¬°Oh vieja avarienta, garganta muerta de sed por dinero! ¬ŅNo ser√°s contenta con la tercia parte de lo ganado?

CELESTINA.- ¬ŅQu√© tercia parte? ¬°Vete con Dios de mi casa t√ļ, y esotro no d√© voces, no allegue la vecindad! No me hag√°is salir de seso, no quer√°is que salgan a plaza5 las cosas de Calisto y vuestras.

SEMPRONIO.- ¬°Da voces o gritos, que t√ļ cumplir√°s lo que prometiste o cumplir√°s hoy tus d√≠as!

ELICIA.- ¡Guarda, por Dios, la espada! ¡Sujétalo, Pármeno, sujétalo! ¡No la mate ese desvariado!

CELESTINA.- ¬°Justicia, justicia! ¬°Se√Īores vecinos! ¬°Justicia, que me matan en mi casa estos rufianes!

SEMPRONIO.- ¬ŅRufianes o qu√©? Espera, do√Īa hechicera, que yo te har√© ir al infierno con cartas6.

CELESTINA.- ¡Ay, que me ha muerto! ¡Ay, ay, confesión, confesión!7

P√ĀRMENO.- ¬°Dale, dale, ac√°bala, pues comenzaste, que nos sentir√°n! ¬°Muera, muera! ¬°De los enemigos, los menos!

CELESTINA.- ¡Confesión!

ELICIA.- ¬°Oh crueles enemigos, en mal poder os ve√°is! ¬ŅY para qui√©n tuvisteis manos? ¬°Muerta es mi madre y mi bien todo!

SEMPRONIO.- ¬°Huye, huye, P√°rmeno, que acude mucha gente! ¬°Gu√°rdate, gu√°rdate, que viene el alguacil!

P√ĀRMENO.- ¬°Oh pecador de m√≠, que no hay por d√≥nde escapar, que est√° tomada la puerta!

SEMPRONIO.- ¬°Saltemos desde estas ventanas, no muramos en poder de justicia!

P√ĀRMENO.- ¬°Salta, que voy tras ti!

La Celestina, ciudad seva (adaptación de JMI)

1. Refr√°n que significa que al perro viejo no se le enga√Īa; 2. ¬ŅAcaso me has quitado t√ļ de ejercer la prostituci√≥n?; 3. La justicia me tratar√° igual a m√≠, aunque soy mujer, que a vosotros, por muy peinados (elegantes) que os present√©is; 4. O te mandar√© al infierno; 5. Se hagan p√ļblicas; 6. Con cartas de presentaci√≥n, es decir, recomendada; 7. Pedir confesi√≥n en trance de muerte era se√Īal de arrepentimiento de los pecados cometidos.

   Junto al amor y la fortuna, la muerte es tema capital de La Celestina. La muerte llega a todos por igual, ricos o pobres, se√Īores o criados. Todos los personajes de la obra quieren vivir, todos desean amar y ser amados, todos caen en las redes de la muerte. Es la gran paradoja, la burla de Fernando de Rojas que observamos en las palabras finales de este texto: ¬°Saltemos..., no muramos en poder de justicia!, dice Sempronio; pocas horas despu√©s los criados son ajusticiados. Celestina muere por su avaricia; ellos, por la misma raz√≥n, pierden infames sus vidas.

Vídeo

ACTO DECIMOCUARTO

   Enterado Calisto de la muerte de sus criados, lo lamenta profundamente, sobre todo porque teme que su nombre ande de lengua en lengua por la ciudad. No obstante, se recluye en su c√°mara a esperar que llegue la hora de ver nuevamente a Melibea, la cual lo aguarda impaciente. Calisto llega a las tapias de la casa de su amada, acompa√Īado de sus criados Trist√°n y Sosia.

 La consumaci√≥n del deseo

Calisto y MelibeaCALISTO.- Quedaos, locos, que yo entrar√© solo, que a mi se√Īora oigo.

MELIBEA.- Es tu sierva, es tu cativa, es la que m√°s tu vida que la suya estima. ¬°Oh mi se√Īor, no saltes de tan alto, que me morir√© en verlo! Baja, baja poco a poco por el escala. ¬°No vengas con tanta presura!

CALISTO.- ¬°Oh ang√©lica imagen, oh preciosa perla ante quien el mundo es feo! ¬°Oh mi se√Īora y mi gloria, en mis brazos te tengo y no lo creo! Mora en mi persona tanta turbaci√≥n de placer, que me hace no sentir todo el gozo que poseo.

MELIBEA.- Se√Īor m√≠o, pues me fi√© en tus manos, pues quise cumplir tu voluntad, no sea de peor condici√≥n por ser piadosa que si fuera esquiva y sin misericordia1. No quieras perderme por tan breve deleite y en tan poco espacio, que las mal hechas cosas, despu√©s de cometidas, m√°s presto se pueden reprehender que emendar. Goza de lo que yo gozo, que es ver y llegar a tu persona; no pidas ni tomes aquello que tomado no ser√° en tu mano volver. Guarte2, se√Īor, de da√Īar lo que con todos los tesoros del mundo no se restaura.

CALISTO.- Se√Īora, pues por conseguir esta merced toda mi vida he gastado, ¬Ņqu√© ser√≠a, cuando me la diesen, desechalla? [...] No me pidas tal cobard√≠a, no es hacer tal cosa de ninguno que hombre sea3, mayormente amando como yo. Nadando por este fuego de tu deseo toda mi vida, ¬Ņno quieres que me arrime al dulce puerto a descansar de mis pasados trabajos?4

MELIBEA.- Por mi vida, que aunque hable tu lengua cuanto quisiere, no obren las manos cuanto pueden. Est√° quedo5, se√Īor m√≠o. B√°stete, pues ya soy tuya, gozar de lo exterior, d'esto que es propio fruto de amadores; no me quieras robar el mayor don que la natura me ha dado. Cata que del buen pastor es propio tresquilar sus ovejas y ganado, pero no destruirlo y estragallo6.

CALISTO.- ¬ŅPara qu√©, se√Īora? ¬ŅPara que no est√© queda mi pasi√≥n? ¬ŅPara penar de nuevo? ¬ŅPara tornar el juego de comienzo? Perdona, se√Īora, a mis desvergonzadas manos, que jam√°s pensaron de tocar tu ropa con su indignidad y poco merecer. Ahora gozan de llegar a tu gentil cuerpo y lindas y delicadas carnes.

MELIBEA.- Ap√°rtate all√°, Lucrecia.

CALISTO.- ¬ŅPor qu√©, mi se√Īora? Bien me huelgo que est√©n semejantes testigos de mi gloria.

MELIBEA.- Yo no los quiero de mi yerro. Si pensara que tan desmesuradamente te habías de haber conmigo, no fiara mi persona de tu cruel conversación7.

[...]

MELIBEA.- ¬°Oh mi vida y mi se√Īor! ¬ŅC√≥mo has querido que pierda el nombre y corona de virgen por tan breve deleite? ¬°Oh pecadora de ti, mi madre, si de tal cosa fueses sabidora, c√≥mo tomar√≠as de grado tu muerte y me la dar√≠as a m√≠ por fuerza! ¬°C√≥mo ser√≠as cruel verdugo de tu propia sangre! ¬°C√≥mo ser√≠a yo fin quejosa de tus d√≠as! ¬°Oh mi padre honrado, c√≥mo he da√Īado tu fama y dado causa y lugar a quebrantar tu casa! ¬°Oh traidora de m√≠! ¬ŅC√≥mo no mir√© primero el gran yerro que se segu√≠a de tu entrada, el gran peligro que esperaba!

La Celestina, edición de F. J. Lobera y otros, Biblioteca Clásica, Crítica.

1. No me deje en peor condici√≥n (la que conllevar√≠a perder su honra) ser piadosa contigo (permitir que cumplas tus deseos) que ser esquiva (rechazarte); 2. Abstente; 3. Ning√ļn hombre puede resistir la tentaci√≥n, y menos a√ļn si ama a la mujer que tiene delante; 4. Met√°fora er√≥tica; 5. Quieto; 6. Pelar la lana, pero no matarlo y com√©rselo; 7. Si hubiera pensado que as√≠ te ibas a comportar, no me habr√≠a fiado de ti.     

   Calisto, en cuanto ve a Melibea, olvida que el amor cort√©s es puramente contemplativo y se lanza, presuroso, al gozo del loco amor. Melibea tampoco puede reprimir sus ansias de amar a Calisto y luego se lamenta del yerro cometido.

 

ACTO DECIMOSEXTO

   Pleberio y Alisa, padres de Melibea, reflexionan sobre el paso del tiempo, la vejez y la muerte, y consideran que es hora de buscar un esposo apropiado a la alta condici√≥n social de su hija.

Pleberio y Alisa buscan marido a Melibea

PLEBERIO.- Alisa, amiga, el tiempo, seg√ļn me parece, se nos va, como dicen, de entre las manos; corren los d√≠as como agua de r√≠o. No hay cosa tan ligera a huir como la vida. La muerte nos sigue y rodea, de la cual somos vecinos y hacia su bandera nos acostamos, seg√ļn natura. Esto vemos muy claro si miramos nuestros iguales, nuestros hermanos y parientes en derredor; todos los come ya la tierra, todos yacen en sus perpetuas moradas. Y pues somos inciertos cu√°ndo habemos de ser llamados, viendo tan ciertas se√Īales, debemos echar nuestras barbas en remojo y aparejar nuestros fardeles para andar este forzoso camino, no nos tome improvisos ni de salto aquella cruel voz de la muerte; ordenemos nuestras √°nimas con tiempo, que m√°s vale prevenir que ser prevenidos: demos nuestra hacienda a dulce sucesor; acompa√Īemos nuestra √ļnica hija con marido cual nuestro estado requiere, por que vamos descansados y sin dolor deste mundo. Lo cual con mucha diligencia debemos poner desde agora por obra, y lo que otras veces habemos principiado en este caso, agora haya ejecuci√≥n. No quede por nuestra negligencia nuestra hija en manos de tutores, pues parecer√° ya mejor en su propria casa que en la nuestra. Quitarla hemos de lenguas de vulgo, porque ninguna virtud hay tan perfecta que no tenga vituperadores y maldicientes; no hay cosa con que mejor se conserve la limpia fama en las v√≠rgines que con temprano casamiento. ¬ŅQui√©n rehuir√≠a nuestro parentesco en toda la ciudad? ¬ŅQui√©n no se hallara gozoso de tomar tal joya en su compa√Ī√≠a? En quien caben las cuatro principales cosas que en los casamientos se demandan, conviene a saber: lo primero, discreci√≥n, honestidad y virginidad; segundo, hermosura; lo tercero, el alto origen y parientes; lo final, riqueza. De todo esto la dot√≥ natura; cualquiera que nos pidan hallar√°n bien cumplido.

ALISA.- Dios la conserve, mi se√Īor Pleberio, por que nuestros deseos veamos cumplidos en nuestra vida, que antes pienso que faltar√° igual a nuestra hija, seg√ļn tu virtud y tu noble sangre, que no sobrar√°n muchos que la merezcan. Pero, como esto sea oficio de los padres y muy ajeno a las mujeres, como t√ļ lo ordenares ser√© yo alegre, y nuestra hija obedecer√°, seg√ļn su casto vivir y honesta vida y humildad.

LUCRECIA.- (¬°Aun si bien lo supieses, reventar√≠as! ¬°Ya, ya, perdido es lo mejor! ¬°Mal a√Īo se os apareja a la vejez! Lo mejor, Calisto lo lleva. No hay quien ponga virgos, que ya es muerta Celestina. ¬°Tarde acord√°is, m√°s hab√≠ades de madrugar!) ¬°Escucha, escucha, se√Īora Melibea!

MELIBEA.- ¬ŅQu√© haces ah√≠ escondida, loca?

LUCRECIA.- Ll√©gate aqu√≠, se√Īora; oir√°s a tus padres la priesa que traen por te casar.

MELIBEA.- Calla, por Dios, que te oir√°n. D√©jalos parlar. D√©jalos devaneen. Un mes ha que otra cosa no hacen ni en otra cosa entienden. No parece sino que les dice el coraz√≥n el gran amor que a Calisto tengo, y todo lo que con √©l, un mes ha, he pasado. No s√© si me han sentido, no s√© qu√© se sea aquejarles m√°s agora este cuidado que nunca. Pues m√°ndoles yo trabajar en vano, que por dem√°s es la c√≠tola en el molino... ¬ŅQui√©n es el que me ha de quitar mi gloria, qui√©n apartarme mis placeres? Calisto es mi √°nima, mi vida, mi se√Īor, en quien yo tengo toda mi esperanza. Conozco d√©l que no vivo enga√Īada; pues √©l me ama, ¬Ņcon qu√© otra cosa le puedo pagar? Todas las deudas del mundo reciben compensaci√≥n en diverso g√©nero; el amor no admite sino solo amor por paga. En pensar en √©l me alegro, en verle me gozo, en o√≠rle me glorifico. Haga y ordene de m√≠ a su voluntad: si pasar quisiere la mar, con √©l ir√©; si rodear el mundo, ll√©veme consigo; si venderme en tierra de enemigos, no rehuir√© su querer. D√©jenme mis padres gozar d√©l si ellos quieren gozar de m√≠. No piensen en estas vanidades ni en estos casamientos, que m√°s vale ser buena amiga que malcasada. D√©jenme gozar mi mocedad alegre si quieren gozar su vejez cansada; si no, presto podr√°n aparejar mi perdici√≥n y su sepultura. No tengo otra l√°stima sino por el tiempo que perd√≠ de no gozarle [...]

LUCRECIA.- Calla, se√Īora, escucha, que todav√≠a perseveran.

PLEBERIO.- Pues ¬Ņqu√© te parece, se√Īora mujer, debemos hablarlo a nuestra hija? ¬ŅDebemos darle parte de tantos como me la piden, para que de su voluntad venga, para que diga cu√°l le agrada? [...]

ALISA.- ¬ŅQu√© dices? ¬ŅEn qu√© gastas tiempo? [...] ¬ŅY piensas que sabe ella qu√© cosa sean hombres, si se casan o qu√© es casar, o que del ayuntamiento de marido y mujer se procreen los hijos? ¬ŅPiensas que su virginidad simple le acarrea torpe deseo de lo que no conoce ni ha entendido jam√°s? ¬ŅPiensas que sabe errar aun con el pensamiento? No lo creas, se√Īor Pleberio, que si alto o bajo de sangre, o feo o gentil de gesto le mand√°remos tomar, aquello ser√° su placer, aquello habr√° por bueno, que yo s√© bien lo que tengo criado en mi guardada hija.

La Celestina, edición de F. J. Lobera y otros, Biblioteca Clásica, Crítica.

   Comienza Pleberio con una reflexi√≥n sobre la fugacidad de la vida (t√≥pico del tempus fugit), que nos recuerda la eleg√≠a manrique√Īa; pero, a diferencia de Jorge Manrique, en Pleberio esa reflexi√≥n entra√Īa una conciencia ego√≠sta: se trata de casar a Melibea convenientemente, con un marido de su misma clase social, al menos, para asegurar su hacienda y, sobre todo, el honor familiar antes de que le llegue la muerte. Rojas presenta a Pleberio no como un padre autoritario, sino complaciente, que se plantea pedir opini√≥n a su hija sobre su futuro casamiento. Alisa, en cambio, representa el papel de la madre que no se entera de nada, ni siquiera del peligro que supone dejar a solas a Melibea con Celestina cuando esta llega a su casa para venderle el hilado. Las √ļltimas palabras de este texto dan muestra de su estupidez. Contrariamente a sus padres, Melibea reivindica el amor por encima de cualquier convenci√≥n social. Pasi√≥n de mujer a quien el amor de Calisto le basta para llenar su existencia.

 

ACTO DECIMONOVENO

   Elicia y Are√ļsa han acordado contratar a Centurio para que vengue las muertes de Celestina, Sempronio y P√°rmeno. Centurio le pasa el encargo a Traso, que se presenta a las puertas del huerto de Melibea cuando los amantes disfrutan del encuentro. Al o√≠r ruidos en la calle, Calisto decide acudir en ayuda de sus criados.

La caída de Calisto

CALISTO.- Jam√°s querr√≠a, se√Īora, que amaneciese, seg√ļn la gloria y descanso que mis sentidos reciben de la noble conversaci√≥n de tus delicados miembros.

MELIBEA.- Se√Īor, yo soy la que gozo, yo la que gano; t√ļ, se√Īor, el que me haces con tu visita incomparable regalo.


SOSIA.- ¬ŅAs√≠, bellacos, rufianes, ven√≠ais a asustar a los que no os temen? ¬°Pues yo juro que si hubierais esperado os habr√≠a hecho ir como merec√≠ais!


CALISTO.- Se√Īora, Sosia es el que da voces. D√©jame ir a ayudarle, no sea que lo maten, pues no est√° con √©l m√°s que un pajecico. Dame inmediatamente mi capa, que est√° debajo de ti.

MELIBEA.- ¡Oh triste de mi ventura! No vayas allá sin tus corazas; vuélvete a armar.

CALISTO.- Se√Īora, lo que no hace espada y capa y coraz√≥n, no lo hacen corazas y casco y cobard√≠a.


SOSIA.- ¬ŅOtra vez volv√©is? Esperadme. Quiz√°s ven√≠s por lana...


CALISTO.- D√©jame, por Dios, se√Īora, que puesta est√° ya la escalera.

MELIBEA.- ¬°Oh desdichada de m√≠! ¬ŅY c√≥mo vas con tanta fuerza y tanta prisa y desarmado a meterte entre quienes no conoces?

TRIST√ĀN.- Detente, se√Īor, no bajes, que se ha ido, que no era sino Traso el Cojo y otros bellacos que pasan dando voces, pues ya se vuelve Sosia. Suj√©tate, suj√©tate, se√Īor, a la escalera.

CALISTO.- ¡Oh válgame Santa María! ¡Muerto estoy! ¡Confesión!

TRIST√ĀN.- Ac√©rcate pronto, Sosia, que el triste de nuestro amo se ha ca√≠do de la escalera y no habla ni se mueve.

SOSIA.- ¬°Se√Īor, se√Īor! ¬°Tan muerto est√° como mi abuelo! ¬°Oh gran desventura!

LUCRECIA.- ¬°Escucha, escucha, gran mal es este!

MELIBEA.- ¬ŅQu√© es esto que oigo, amarga de m√≠!


TRIST√ĀN.- ¬°Oh mi se√Īor y mi bien muerto! ¬°Oh triste muerte sin confesi√≥n! Coge, Sosia, esos sesos de esas piedras, j√ļntalos con la cabeza del desdichado amo nuestro. ¬°Oh d√≠a desgraciado! ¬°Oh repentino fin!

MELIBEA.- ¬°Oh desconsolada de m√≠! ¬ŅQu√© es esto? ¬ŅQu√© acontecimiento puede ser tan duro como este? Ay√ļdame a subir, Lucrecia, por estas paredes. Ver√© mi dolor; si no, hundir√© con alaridos la casa de mi padre. ¬°Mi bien y placer, todo se ha ido en humo, mi alegr√≠a se ha perdido, se consumi√≥ mi gloria! ¬°Oh la m√°s triste de las tristes! ¬°Tan tarde alcanzado el placer, tan pronto venido el dolor!

LUCRECIA.- Se√Īora, no rasgues tu cara ni arranques tus cabellos. Levanta, por Dios, no seas hallada por tu padre en tan sospechoso lugar. Se√Īora, se√Īora, ¬Ņno me oyes? No te desmayes, por Dios. Ten entereza para soportar la pena, pues tuviste valent√≠a para el placer.

MELIBEA.- ¬ŅOyes lo que esos mozos van hablando? ¬ŅOyes sus tristes cantares? ¬°Muerta llevan mi alegr√≠a! ¬°No es tiempo de que yo viva! ¬ŅC√≥mo no goc√© m√°s del gozo? ¬°Oh ingratos mortales, jam√°s conoc√©is vuestros bienes sino cuando de ellos carec√©is!

LUCRECIA.- Aprisa, aprisa. Entremos en la habitación, acuéstate. Llamaré a tu padre y fingiremos otro mal, pues este no se puede ocultar.

La Celestina. Versión adaptada de F. Alejo, Anaya, "Clásicos a medida".

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ACTO VIG√ČSIMO

   Cuando Pleberio se levanta, acude a la habitaci√≥n de su hija, que finge dolor de coraz√≥n. Melibea se deshace con excusas de su padre y su criada, sube a la torre y cierra la puerta.

La caída de Melibea

PLEBERIO.- Hija m√≠a Melibea, ¬Ņqu√© hazes sola? ¬ŅQu√© es tu voluntad dezirme? ¬ŅQuieres que suba all√°?

MELIBEA.- Padre m√≠o, no pugnes ni trabajes por venir adonde yo est√≥, que estorvar√°s la presente habla que te quiero fazer. Lastimado ser√°s brevemente con la muerte de tu √ļnica fija. Mi fin es llegado, llegado es mi descanso y tu passi√≥n, llegado es mi alivio y tu pena, llegada es mi acompa√Īada hora y tu tiempo de soledad. No havr√°s, honrado padre, menester instrumentos para aplacar mi dolor, sino campanas para sepultar mi cuerpo. Si me escuchas sin l√°grimas, oyr√°s la causa desesperada de mi for√ßada y alegre partida. No la interrumpas con lloro ni palabras; si no, quedar√°s m√°s quexoso en no saber por qu√© me mato, que doloroso por verme muerta. Ninguna cosa me preguntes ni respondas, m√°s de lo que de mi grado dezirte quisiere; porque, quando el cora√ß√≥n est√° embargado de passi√≥n, est√°n cerrados los o√Ĺdos al consejo y en tal tiempo las frutuosas palabras, en lugar de amansar, acrecientan la sa√Īa. Oye, padre viejo, mis √ļltimas palabras, y, si como yo espero, las recibes, no culpar√°s mi yerro. Bien vees y oyes este triste y doloroso sentimiento que toda la cibdad haze. Bien oyes este clamor de campanas, este alarido de gentes, este aullido de canes, este [[grande] estr√©pito de armas: de todo esto fuy yo [la] causa. Yo cobr√≠ de luto y xergas en este d√≠a quasi la mayor parte de la cibdadana cavaller√≠a; yo dex√© [oy] muchos sirvientes descubiertos de se√Īor; yo quit√© muchas raciones y limosnas a pobres y envergon√ßantes; yo fuy ocasi√≥n que los muertos toviessen compa√Ī√≠a del m√°s acabado hombre que en gracias naci√≥; yo quit√© a los vivos el dechado de gentileza, de invenciones galanas, de atav√≠os y bordaduras, de habla, de andar, de cortes√≠a, de virtud; yo fuy causa que la tierra goze sin tiempo el m√°s noble cuerpo y m√°s fresca juventud, que al mundo era en nuestra edad criada. E porque estar√°s espantado con el son de mis no acostumbrados delitos, te quiero m√°s aclarar el hecho. Muchos d√≠as son passados, padre m√≠o, que penava por mi amor un cavallero que se llamava Calisto, el qual t√ļ bien conociste. Conociste assimismo sus padres y claro linaje; sus virtudes y bondad a todos eran manifiestas. Era tanta su pena de amor y tan poco el lugar para hablarme que descubri√≥ su passi√≥n a una astuta y sagaz muger que llamavan Celestina. La qual, de su parte venida a m√≠, sac√≥ mi secreto amor de mi pecho. Descobr√≠ a ella lo que a mi querida madre encubr√≠a. Tovo manera c√≥mo gan√≥ mi querer, orden√≥ c√≥mo su desseo y el m√≠o hoviessen efeto. Si √©l mucho me amava, no viv√≠a enga√Īado. Concert√≥ el triste concierto de la dulce y desdichada execuci√≥n de su voluntad. Vencida de su amor, dile entrada en tu casa. Quebrant√≥ con escalas las paredes de tu huerto, quebrant√≥ mi prop√≥sito; perd√≠ mi virginidad. Del qual deleytoso yerro de amor gozamos quasi un mes. Y como esta passada noche viniesse, seg√ļn era acostumbrado, a la buelta de su venida, como de la fortuna mudable estoviese dispuesto y ordenado, seg√ļn su desordenada costumbre, como las paredes eran altas, la noche escura, la escala delgada, los sirvientes que tra√Ĺa no diestros en aquel g√©nero de servicio, y √©l baxava pressuroso a ver un ruydo que con sus criados sonava en la calle, con el gran √≠mpetu que levava, no vido bien los passos, puso el pie en vaz√≠o y cay√≥. Y de la triste ca√Ĺda sus m√°s escondidos sesos quedaron repartidos por las piedras y paredes. Cortaron las hadas sus hilos, cort√°ronle sin confessi√≥n su vida, cortaron mi esperan√ßa, cortaron mi gloria, cortaron mi compa√Ī√≠a. Pues, ¬°qu√© crueldad ser√≠a, padre m√≠o, muriendo √©l despe√Īado, que viviese yo penada! Su muerte combida a la m√≠a, comb√≠dame y fuer√ßa que sea presto, sin dilaci√≥n; mu√©strame que ha de ser despe√Īada por seguille en todo. No digan por m√≠: ¬ęA muertos y a ydos...¬Ľ. E ass√≠, contentarle he en la muerte, pues no tuve tiempo en la vida. ¬°O mi amor y se√Īor Calisto! Esp√©rame, ya voy: detente, si me esperas; no me incuses la tardan√ßa que hago, dando esta √ļltima cuenta a mi viejo padre, pues le devo mucho m√°s. ¬°O padre m√≠o muy amado! Ru√©gote, si amor en esta passada y penosa vida me has tenido, que sean juntas nuestras sepulturas; juntas nos hagan nuestras obsequias. Algunas consolatorias palabras te dir√≠a antes de mi agradable fin, coligidas y sacadas de aquellos antigos libros que [t√ļ], por m√°s aclarar mi ingenio, me mandavas leer; sino que ya la da√Īada memoria, con la grand turbaci√≥n, me las ha perdido, y aun porque veo tus l√°grimas mal sofridas descendir por tu arrugada haz. Sal√ļdame a mi cara y amada madre; sepa de ti largamente la triste raz√≥n porque muero. ¬°Gran plazer llevo de no la ver presente! Toma, padre viejo, los dones de tu vegez, que en largos d√≠as largas se sufren tristezas. Recibe las arras de tu senetud antigua, rescibe all√° tu amada hija. Gran dolor llevo de m√≠, mayor de ti, muy mayor de mi vieja madre. Dios quede contigo y con ella. A √©l ofrezco mi √°nima. Pon t√ļ en cobro este cuerpo que all√° baxa.

La Celestina, edici√≥n de Pedro Pi√Īero, Espasa-Calpe, Selecciones Austral.

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ACTO VIG√ČSIMO PRIMERO

   Cuando Pleberio vuelve llorando a su habitaci√≥n, le pregunta su mujer cu√°l es la causa de su llanto. Pleberio le cuenta la muerte de Melibea y le muestra el cuerpo sin vida de su hija.

El planto de Pleberio

ALISA.- ¬ŅQu√© es esto, se√Īor Pleberio? Dime la causa de tus quejas. ¬ŅPor qu√© maldices tu honrada vejez? ¬ŅPor qu√© pides la muerte? ¬ŅPor qu√© arrancas tus blancos cabellos? ¬ŅPor qu√© hieres tu honrada cara? ¬ŅEs alg√ļn mal de Melibea? Por Dios, d√≠melo, porque si ella pena no quiero yo vivir.

PLEBERIO.- ¬°Ay, ay, noble mujer! Nuestro gozo en el pozo. Todo nuestro bien est√° perdido. ¬°No queramos vivir m√°s! Ve all√≠ a la que t√ļ pariste y yo engendr√©, hecha pedazos. La causa he sabido por ella; la he sabido m√°s por extenso por su triste sirvienta. Ay√ļdame a llorar nuestra herida final. ¬°Oh mi hija y mi bien todo! Crueldad ser√≠a que viva yo despu√©s de ti. M√°s merecedores eran mis sesenta a√Īos de la sepultura que tus veinte. ¬°Oh mis canas, salidas para sufrir dolor, mejor gozar√≠a de vosotras la tierra que de esos rubios cabellos que presentes veo! Terribles d√≠as me quedan por vivir; me quejar√© contra la muerte, le reprochar√© su tardanza todo el tiempo que me deje solo despu√©s de ti. ¬°Oh duro coraz√≥n de padre! ¬ŅC√≥mo no te rompes de dolor, pues ya te quedas sin tu amada heredera? ¬ŅPara qui√©n edifiqu√© torres? ¬ŅPara qui√©n adquir√≠ honras? ¬ŅPara qui√©n plant√© √°rboles? ¬ŅPara qui√©n fabriqu√© nav√≠os? ¬°Oh tierra dura! ¬ŅC√≥mo me sostienes? ¬ŅD√≥nde encontrar√° refugio mi desconsolada vejez? ¬°Oh fortuna variable! ¬ŅPor qu√© no destruiste mi patrimonio? ¬ŅPor qu√© no quemaste mi casa? ¬°Oh vida de desgracias llena, de miserias acompa√Īada! ¬°Oh mundo, mundo! Muchos mucho de ti dijeron, muchos de tus cualidades se ocuparon, con diversas cosas de o√≠das te compararon. Yo pensaba en mi m√°s tierna edad que eras y eran tus hechos guiados por alg√ļn orden; ahora me pareces un laberinto de errores, un desierto espantoso, una morada de fieras, juego de hombres que andan en corro, laguna llena de cieno, regi√≥n llena de espinas, monte alto, campo pedregoso, prado lleno de serpientes, huerto florido y sin fruto, fuente de preocupaciones, r√≠o de l√°grimas, mar de miserias, trabajo sin provecho, dulce veneno, vana esperanza, falsa alegr√≠a, verdadero dolor. Prometes mucho, nada cumples. Nos echas de ti para que no te podamos pedir que mantengas tus vanas promesas. Corremos por los prados de tus viciosos vicios, muy descuidados, a rienda suelta; nos descubres la emboscada cuando ya no hay tiempo de volver. Pues desconsolado viejo, ¬°qu√© solo estoy! Yo he sido lastimado sin que tenga un compa√Īero igual de semejante dolor. Ahora perder√© contigo, mi desdichada hija, los miedos y temores que cada d√≠a me causaban pavor. Solo tu muerte es la que libra de temores. ¬ŅQu√© har√© cuando entre en tu habitaci√≥n y la encuentre sola? ¬ŅQu√© har√© cuando no me respondas si te llamo? ¬ŅQui√©n me podr√° cubrir la gran falta que t√ļ me haces? Pues, mundo halagador, ¬Ņqu√© remedios das a mi cansada vejez? ¬ŅC√≥mo me mandas que me quede en ti, conociendo tus enga√Īos, tus trampas, tus cadenas y redes con las que pescas nuestras d√©biles voluntades? ¬°Oh amor, amor, que no pens√© que ten√≠as fuerza ni poder para matar a los a ti sujetos! Herida fue de ti mi juventud; por medio de tus brasas pas√©. ¬ŅC√≥mo me soltaste para darme en mi vejez el castigo por la huida? Cre√≠ del todo que de tus trampas me hab√≠a librado cuando a los cuarenta a√Īos llegu√©, cuando fui contentado con mi conyugal compa√Īera, cuando me vi con el fruto que me has cortado el d√≠a de hoy. No pens√© que tomabas en los hijos la venganza de los padres. ¬ŅQui√©n te dio tanto poder? ¬ŅQui√©n te puso un nombre que no te conviene? Si amor fueses, amar√≠as a los que te sirven; si los amases, no les causar√≠as pena. Si alegres viviesen, no se matar√≠an, como ahora mi amada hija. ¬ŅEn qu√© han terminado los que te sirven y sus representantes? La falsa alcahueta Celestina muri√≥ a manos de los m√°s fieles compa√Īeros que ella para tu servicio envenenado jam√°s encontr√≥. Ellos murieron degollados. Calisto, despe√Īado. Mi triste hija quiso darse la misma muerte por seguirlo. Todo esto causas. Dulce nombre te dieron, amargos hechos cometes. No das equitativas recompensas. Injusta es la ley que para todos no es igual. Bienaventurados los que no conociste o aquellos de los que no te preocupaste. Dios te llamaron otros, no s√© por qu√© error de entendimiento llevados. Pero, mira, ¬ŅDios mata los que cre√≥? T√ļ matas a los que te siguen. Enemigo de toda raz√≥n, a los que menos te sirven das mayores dones, hasta tenerlos metidos en tu dolorosa danza. Enemigo de amigos, amigo de enemigos, ¬Ņpor qu√© te conduces sin orden ni concierto? Amor, ciego te pintan, pobre y mozo. Te ponen un arco en la mano con el que tiras a ciegas; m√°s ciegos son los que te siguen, que jam√°s sienten ni ven la √°spera recompensa que sacan de tu servicio. Tu fuego es de ardiente rayo que jam√°s hace una se√Īal a donde llega. La le√Īa que gasta tu llama son almas y vidas de humanas criaturas. Del mundo me quejo porque en s√≠ me crio, porque si no me hubiera dado vida, no habr√≠a engendrado a Melibea; si no hubiera nacido, no habr√≠a amado; si no hubiera amado, habr√≠a cesado mi quejoso y desconsolado final. ¬°Oh mi compa√Īera buena! ¬°Oh mi hija despedazada! ¬ŅPor qu√© no has querido que estorbara tu muerte? ¬ŅPor qu√© no has tenido l√°stima de tu querida y amada madre? ¬ŅPor qu√© te has mostrado tan cruel con tu viejo padre? ¬ŅPor qu√© me has dejado cuando yo te deber√≠a haber dejado? ¬ŅPor qu√© me has dejado triste y solo in hac lachrymarum valle?

 La Celestina, edici√≥n adaptada de F. Alejo, Anaya, "Cl√°sicos a medida".

   El planto o llanto es un lamento por la muerte de un ser querido. Algunos cr√≠ticos han querido ver en este planto de Pleberio el fatalismo de Fernando de Rojas ante el mundo, especialmente por su condici√≥n de jud√≠o converso. En el texto que hemos elegido podemos distinguir varias ideas: la primera es la queja contra la muerte, a la que echa en cara su crueldad por haber roto la ley natural de que los padres fallezcan antes que los hijos. La segunda, la protesta contra la fortuna, variable y se√Īora de los bienes temporales. La tercera, el lamento contra el mundo, que se rige sin orden ni concierto, falso y traidor. La cuarta es la diatriba contra el amor, que parad√≥jicamente mata a los que est√°n sujetos a √©l. Estas quejas contra la muerte, la fortuna, el mundo y el amor no dejan de ser t√≥picos recurrentes en estas lamentaciones.

   La Celestina concluye con tres octavas en las que se insiste en el prop√≥sito moralizador de la obra; a ellas se a√Īaden varias octavas m√°s compuestas por el impresor Alonso de Proaza, donde se dan las claves para la lectura de los acr√≥sticos, as√≠ como el lugar y a√Īo de la edici√≥n.

 

 

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